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lunes, 17 de mayo de 2010

CATÁSTROFES Y CULTURA

Esta colaboración se gestó una tarde de abril durante una de nuestras tertulias, escuchando a Pedro Alfaro, profesor de Geología de la Universidad de Alicante. Hablaba de seísmos y nos invitaba a reflexionar sobre la naturalidad de estas catástrofes. Nuestro ponente se refería a la poca atención que prestamos a los mensajes que nos envía el planeta, informándonos sobre dónde y con qué fuerza va a temblar su corteza. Tras ejercer de esponja una vez más, voy a devolver, resumido, el conocimiento absorbido aquella tarde. Será como el guión de una mala película construido a partir de una excelente novela. Asumo este riesgo con la humildad del director de cine: La novela es infinitamente mejor.

Hasta el día de hoy, tres han sido los terremotos de 2010 que nos han conmocionado. En enero nos sobrecogía el de Haití, con una magnitud de 7.0 en la escala de Richter y sus 200.000 víctimas mortales. En marzo, el de Maule, Chile, que, con una magnitud brutal, de 8.8, causó setecientas muertes. Y en abril, el tercero, de 6.9, en la localidad china de Qinghai, que segó la vida de varios centenares de personas. En todas estas regiones se conocen con exactitud el tamaño de las fallas causantes, la probabilidad de que el fenómeno se repita y la energía que podría liberarse al resbalar bruscamente un bloque rocoso sobre el otro. Circula una leyenda urbana que sugiere que este año hay más terremotos que nunca, como si fueran los pródromos del apocalipsis del año 2012 o una consecuencia del Cambio Climático. Pero los estudios sismológicos no lo confirman. Anualmente se producen unos 960.000 terremotos: Uno catastrófico, con magnitud superior a 8; 18 destructivos, con una magnitud comprendida entre 7 y 7.9, y unos 120 que provocan daños importantes, con una magnitud de 6 a 6.9. Que causen más o menos víctimas mortales depende de varios factores. El primero es su energía. El terremoto de Chile fue 500 veces más potente que el de Haití (una unidad más en magnitud equivale a una energía 30 veces mayor). En segundo lugar, su profundidad. En Granada se produjo un terremoto de magnitud 6.3 el pasado 11 de abril. Pero no fue percibido por la población, ya que su hipocentro estaba a ¡617 km bajo nuestros pies! Un tercer factor es la proximidad del epicentro a zonas densamente pobladas. A estos factores naturales hay que añadir la vulnerabilidad de las construcciones y la cultura sísmica. Estos dos nuevos “ingredientes” humanos son fundamentales para explicar muchas de las diferencias relativas a los daños y a las víctimas. Un titular del diario El País sobre Haití lo sintetizaba a la perfección: “Un seísmo machaca a los pobres”.

Al finalizar su magnífica y documentada exposición dejaba en el aire tres cuestiones que, por el foro en el que las pronunciaba, no eran meramente retóricas, sino una invitación para la reflexión y el trabajo en clase. En la primera preguntaba sobre el derecho de los ciudadanos/as a conocer cómo funciona el planeta. Un derecho que obligaría al Estado a poner estos conocimientos a su disposición durante el periodo escolar. Quizá sea oportuno recordar la hazaña de Tilly Smith, una niña británica de 10 años, que salvó la vida a un centenar personas, cuando predijo la llegada de un tsunami, en diciembre de 2004. Todos vieron cómo se retiraba el mar en esa playa de Tailandia, donde la familia pasaba sus vacaciones. Muchos se esperaron a capturar en sus cámaras el extraño fenómeno. Y murieron. Pero ella recordó una clase de Geología y supo interpretar los hechos. En Chile, en Japón o en la costa oeste de los EEUU, los ciudadanos/as poseen esta cultura sísmica. Sin embargo, en Andalucía, donde existe un importante riesgo sísmico, estos contenidos curriculares solo se desarrollan en profundidad en una asignatura optativa de 4º de la ESO.

¿Es la Naturaleza la responsable de las catástrofes? La Tierra posee una turbulenta vida exterior, que se manifiesta con tornados, huracanes e inundaciones, cuyos daños podríamos evitar con una adecuada ordenación del territorio. Y esconde una agitada vida profunda, con una energía interna indomable que disipa violentamente mediante volcanes y terremotos. Pero no estamos desarmados. Los seres humanos atesoramos los conocimientos y la tecnología necesaria para disminuir drásticamente el número de víctimas de los terremotos de magnitud 7. “No matan los terremotos, sino el colapso de los edificios”, nos recordaba Pedro.

En último lugar preguntó si vivimos, realmente, en una sociedad del Conocimiento, con una razonable Cultura Científica. Yo afirmaría que nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información a golpe de ratón. Pero como en un gran bufé libre, nos cuesta trabajo seleccionarla, cuestionarla y digerirla. Construyamos mediante una buena educación científica las herramientas intelectuales indispensables para entender el funcionamiento de nuestro mundo y, de paso, preparemos a nuestros hijos/as para afrontar los retos que nos esperan.

FOTOGRAFÍA: Terremoto de San Francisco 1906
Fuente: www.spanishred.com/foro/showthread.php?t=18829

Versión para el Diario Córdoba 19.05.10
catastrofes

viernes, 12 de marzo de 2010

LOS DOS CUADERNOS: REFLEXIONES SOBRE CIENCIA Y RELIGIÓN

¡Maestro! ¡Se me ha acabado el cuaderno de biología! ¿Puedo utilizar el de religión? La anécdota sucedió en una clase de 4º de la ESO, en un instituto de Fernán Núñez, hace varios años. Como estábamos a primeros de junio, me pareció razonable la propuesta. La ocurrencia quedó anotada en mi bitácora como un chascarrillo más. Con el paso de los años ha ido cobrando fuerza y transformándose en una potente metáfora: La que voy a tratar de desmenuzar en esta colaboración. No espere el lector/a sesudas y originales argumentaciones, sino la presentación digerida de unas pocas lecturas y reflexiones. Un redondeo final para mí mismo. Poco más que la originalidad de la metáfora ad hoc que nació en una clase de secundaria, urdida con un profundo respeto hacia todos los creyentes.

Una metáfora trilateral.

En principio, son tres las facetas que genera la metáfora de “los dos cuadernos”. La primera trata sobre la “convivencia” de estas dos formas de entender el mundo dentro de un mismo cerebro. Es decir, sobre su compatibilidad en la mente para afrontar una vida coherente. Esto nos llevará a preguntarnos si los científicos, poseedores de una mente privilegiada y de un conocimiento superior de la realidad, son más religiosos que el resto de los mortales.
En segundo lugar me sugiere la versión del “cuaderno de ciencias acabado”, es decir, la invención de un dios tapa-agujeros cuando estamos lejos de una explicación científica ante algunos de los “misterios” del universo. Por este camino debatiremos sobre la evolución del conocimiento científico y la necesidad de dios.
Por último utilizaremos las herramientas científicas para explicar la existencia de la religión. Llamaremos a esta faceta “buscando los orígenes”. Y así introduciremos en el cuaderno de esta asignatura un poco de sociobiología y psicología evolutivas, con el fin de tratar de esclarecer su aparición y mantenimiento a lo largo de la historia de nuestra especie.
Seguro que el lector puede exprimir aún más esta metáfora y adentrarse en otros terrenos. Si es así, habremos conseguido uno de los objetivos de este artículo. El otro es aún más directo: Demostrar que religión y ciencia son incompatibles. No está en mi ánimo hacer pedagogía del ateísmo. Sólo abrir los ojos a la gente, no sacárselos, como diría la ilustrada Madame du Deffand.

De la revista del Foro Felix Ortega. Año 2/ Número 3.

(...)
Ciencia y Religion Definitivo 31 Enero

martes, 8 de diciembre de 2009

Postdarwinismo en Córdoba

Darwin desconocía los descubrimientos de Mendel. Por eso, cuando salieron a la luz en 1900, la Teoría de la Evolución tuvo que adaptarse a la Genética. Más tarde, otros hallazgos, como la disposición lineal de los genes en los cromosomas y la transmisión mendeliana de las mutaciones contribuyeron a configurar, en los años 30 y 40 del siglo pasado, la Teoría Sintética de la Evolución o Neodarwinismo. Han pasado muchos años y el debate continúa. Todavía son muchos los que discuten esta “nueva” visión de la vida. En este sentido, en el Jardín Botánico de Córdoba estamos asistiendo estos días a un salto cualitativo excepcional en esta progresión hacia el conocimiento: La síntesis entre el darwinismo y la fe cristiana, plasmada en un humilde belén.
¿Un punto de vista deformado? Por supuesto. Pido perdón a mis amigos/as del Botánico por el exagerado comienzo y reconozco su entrega a éste y otros proyectos. Pero el belén es real. Algo simpático, intrascendente a primera vista, pero con algunas implicaciones que quiero comentar. Y en estas transparentes aguas me sumerjo, esperando que el lector me haya borrado de la frente la etiqueta de fundamentalista científico y que al final, si no comparte conmigo estas reflexiones, al menos, las respete.
El belén “ecológico” se representa en tres zonas bien diferenciadas: Una vista parcial de Inglaterra, con el Big Ben, la Universidad de Cambridge y Down House, la residencia donde Darwin escribió su gran obra hace 150 años. En otra escena, una isla del archipiélago de las Galápagos, con su riqueza biológica, fuente de inspiración del naturalista. Finalmente, la Tierra del Fuego, en la que realizó numerosos estudios que le sirvieron para argumentar “El Origen de las Especies”. Las figuras del belén se reparten por los tres escenarios, aunque el portal y los reyes magos protagonizan el tercero. Así reza el folleto de la actividad (o tal vez canta un villancico, no lo sé): “Con esta recreación de los hechos pretendemos acercar al público en general a la figura de Darwin y su Teoría de la Evolución, ya que con ésta consiguió transformar nuestra visión de la vida en la Tierra (…)”.
La idea es ingeniosa: Aprovechemos el tirón de los belenes, sobre todo entre los niños y niñas y la tercera edad, para dar a conocer la obra de Darwin. Pero, no deja de ser, según la RAE, una aberración, es decir, “un grave error del entendimiento”, por tres razones. La primera es de carácter democrático, y no por manida, deja de tener fuerza. Una institución pública debe mantenerse al margen de las religiones, porque nuestro Estado es aconfesional. Lo proclama la Constitución. Y aunque los crucifijos y belenes sean una tradición respetable, no forman parte de la cultura común. Por eso deben desaparecer de los edificios públicos. La sociedad y los gobernantes que la rigen han de evolucionar explorando la incomprendida senda del laicismo, entendido como una conquista compartida (esta vez sí) de las sociedades avanzadas. Sin prisas, pero sin vacilaciones.
La segunda razón es de índole intelectual. Poner a Darwin y al Hijo de Dios compartiendo el espacio físico de una sala de exposiciones y el virtual de nuestras neuronas, es chocante, si no es para enfrentarlos como dos formas excluyentes de entender el mundo. Darwin era consciente del poder de sus ideas y por eso tardó tanto en exponerlas. Con ellas derribó la necesidad de un Dios creador, ese supuesto relojero que habría diseñado las maravillosas maquinarias vivientes. Y eso es lo que debería extraerse de la lectura de este ecléctico belén, a partir de un pequeño panel donde se exponen el creacionismo y el evolucionismo al mismo nivel. Pero esta gran contribución de Darwin al pensamiento y a la Ciencia pasa desapercibida, perdida entre la virgen María y San José.
La tercera razón es hija de la segunda, de la misma manera que la escuela lo es de Ciencia y de la Psicopedagogía. Si lo que queremos es que los más pequeños tomen contacto con la biodiversidad de estos ecosistemas y con la figura del naturalista, eliminemos lo que no cuadra con el contexto social y ambiental y centrémonos en la flora y en la fauna, en las formaciones geológicas y en los fósiles. Montemos escenarios al estilo de los Lego. Y pongamos a los salvajes fueguinos malviviendo. Y a Darwin, cabalgando por aquellos parajes, acarreando especímenes. O debatiendo con el capitán Fit Roy, a bordo del Beagle, sobre la esclavitud o la obra del Creador.
¿Acaso son complejos estos conceptos y profundas las ideas evolucionistas? Es posible. Pero este es el reto. Personalmente creo que será más difícil que un niño pequeño elimine a Darwin del Gran Cuento de la Navidad, tras haberlo visto sentado en la puerta de su casa rodeado de pastorcitos. Y que su mente no construya, tras la visita, un totum revolutum mezclando con el niño Jesús, los regalos de Reyes y la figura de un viejo que escribió un libro sobre camellos en las Galápagos.


Las fotografías han sido tomadas en la exposición-belén sobre Darwin, montada en el Jardín Botánico de Córdoba durante el mes de diciembre.


LISTADO DE ACTIVIDADES CULTURALES Y EDUCATIVAS DEL JARDÍN BOTÁNICO

BELÉN NAVIDEÑO: Un año más, los trabajadores del jardín botánico ponen en marcha esta original propuesta educativa, en la que se incorpora una temática ambiental, histórica, cultural, etc., aprovechando el montaje de un Belén tradicional. Este año el tema elegido es el aniversario del nacimiento de Charles Darwin y de la publicación de su obra maestra: “El Origen de las Especies”.
BELÉN NAVIDEÑO PARA COLEGIOS E INSTITUTOS: Junto al Belén se instalan una serie de mesas-taller complementarias a la explicación adaptadas a los distintos niveles educativos, desde infantil a bachillerato. Es imprescindible concertar la visita previamente y para ello podéis llamar al teléfono directo del Área 957 294312 en horario de martes a viernes, de 10 a 14 h.


viernes, 4 de diciembre de 2009

Copenhague, paludismo y evolución

A mediados de agosto de 2009 un equipo de científicos, con el biólogo evolucionista Francisco Ayala a la cabeza, comprobó que el paludismo o malaria pasó de los chimpancés a los humanos en una fecha comprendida entre los 2-3 millones de años y el comienzo del neolítico, hace unos 10.000 años. La causa de esta enfermedad es la infección por un protozoo denominado Plasmodium, transmitido a las aves, chimpancés y humanos mediante la picadura del mosquito Anófeles.


Imaginémonos la siguiente escena en el continente africano, hace varios cientos de miles de años. Un homínino (en la jerga actual) se acuesta entre las ramas de un árbol próximo a un río, después de una “dura jornada” de caza o de recolección. Mientras duerme, un mosquito hembra, que acaba de picar a un chimpancé, se le acerca atraído por el calor de su cuerpo o por alguna sustancia volátil emanada de su hirsuta piel. Viajemos ahora al interior de su cuerpo. Al picarle le inocula en la sangre varios individuos de una especie de Plasmodium a la que vamos a denominar P1. Éstos se multiplican en su hígado. Algunos encuentran una nueva forma de anclarse en los glóbulos rojos de la “víctima”, permitiéndoles penetrar en ellos y reproducirse de nuevo en su interior de una manera un poco más eficiente. El proceso ira “mejorando” durante miles de generaciones y millones de picaduras. Vamos a llamar P2 a este nuevo parásito más agresivo. Hace 10.000 años, con la formación de asentamientos más grandes y estables, la enfermedad comenzó a extenderse sin freno entre los seres humanos.

Los investigadores han descubierto este parentesco evolutivo comparando las moléculas de ADN de ambas especies. La P2 o Plasmodium falciparum, responsable de la mortalidad en los humanos, es un descendiente de la P1 o Plasmodium reichenowi, la de los chimpancés. Se ha originado mediante varias mutaciones al azar en el genoma de la versión original y la selección de los microbios mutantes mejor dotados para reproducirse dentro del cuerpo humano y del mosquito. Esto es evolución en el sentido más darwiniano: La supervivencia de los más aptos. Paralelamente, los homininos (incluyendo los humanos actuales) han sobrevivido a la enfermedad utilizando los mismos principios evolutivos: Diversidad genética, selección natural y reproducción de aquellos individuos más resistentes; los que, a la postre, logran transmitir a su descendencia esta ventaja adaptativa. Pero no parece que hayamos tenido mucho éxito a juzgar por los cientos de millones de personas afectadas y los 3 millones de muertes anuales (¡un niño cada 30 segundos!). La gripe H1N1 es, a su lado, un banal resfriado.

La historia del descubrimiento de los mosquitos como vehículos de ciertas enfermedades infecciosas es un caso especial de chiripa con muy pocas dosis de ética, como veremos. En 1880, el médico francés Charles Laveran encontró individuos de Plasmodium falciparum por primera vez en la sangre de una persona afectada por la malaria. Dos años después, el inglés Ronald Ross encontró el microbio, tras una persecución que se nos antoja implacable, en el contenido del estómago de un mosquito que acababa de picar a un enfermo. No obstante, esto no era suficiente, ya que había que probar que la enfermedad se debía a la picadura del mosquito. Para ello, metió en una misma jaula pájaros sanos y enfermos de malaria aviar, sin que hubiera nuevos contagios. Cuando introdujo los mosquitos junto a las aves, los pájaros sanos comenzaron a enfermar. Poco después, tres italianos, Grassi, Bignami y Bastianelli, consiguieron que varios mosquitos procedentes de áreas palúdicas picaran a un ciudadano voluntario con trastornos nerviosos crónicos –cómo le convencieron parece un capítulo oscuro de la Historia de la Medicina-. La aparición de la enfermedad en el paciente confirmó lo que se sospechaba.

Según la Agencia Española de Meteorología, agosto de 2009 ha sido el tercer mes más cálido en la Península, desde 1961. Su segunda quincena posee el récord de “calor” de los últimos cincuenta años, en el centro peninsular, Extremadura y noroeste de Andalucía. Los científicos predicen que la malaria y otras enfermedades infecciosas adquirirán un nuevo protagonismo debido al calentamiento global que evidencian estos bochornosos datos estivales. Los estudios revelan, provisionalmente, que en países como España o Inglaterra aumentarán de manera significativa los casos de paludismo, como consecuencia del aumento de la población de mosquitos y de la supervivencia del protozoo en estas nuevas condiciones medioambientales. Pero esto ya no es casualidad, sino los efectos de un desastre anunciado desde hace varias décadas y que sólo ahora algunas administraciones están pensando en mitigar. La cumbre de Copenhague aguarda impaciente a que los políticos se pongan de acuerdo en la reducción drástica de las emisiones de los gases de efecto invernadero. Esperemos que no sea demasiado tarde.

Diario Córdoba (2.12.09)

jueves, 1 de octubre de 2009

ECOTROLAS

La ecobola y la ecoducha son dos propuestas “naturales” para lavar la ropa sin detergente y ducharnos sin jabón. Ambas se basan en el poder beneficioso de los iones negativos. La generación de éstos se consigue, en la ducha, micronizando el agua; es decir, haciéndola pasar por un tamiz con un diámetro de poro muy pequeño. La ecobola contiene bolitas de cerámica emisoras de rayos infrarrojos que rompen las combinaciones de hidrógeno del agua y aumentan su movimiento, incrementando así su poder de lavado. Ambas tienen también un poderoso efecto bactericida y fungicida. Los beneficios son múltiples: Ahorro de agua, detergente, jabón y geles; reducción de la contaminación y mejora de nuestra salud, ya que la ducha previene contra la caspa, el acné y la caída del cabello y alivia, entre otras patologías, la dermatitis y la psoriasis. ¡Una maravilla!… Si fuese verdad.

Pero, ni existen ensayos clínicos respecto a las bondades de los iones negativos ni pruebas que confirmen los beneficios para la salud de la ecoducha. Y, aunque las bolitas de cerámica emiten radiación infrarroja (como un periódico o usted mismo, atento/a lector/a), no ionizan las moléculas de agua. Tampoco lo hace su micronización. ¡Menos mal! Si así fuera, se formarían radicales libres de oxígeno, unos agentes muy oxidantes que podrían provocar alteraciones en las células de la piel y de las vías respiratorias. Por tanto, seguiremos necesitando el jabón, con su diseño molecular perfecto (muy natural, por cierto): Por un lado se une a las moléculas de grasa y, por el otro, a las de agua, arrastrando la suciedad con el lavado. Y para cumplir con creces con la higiene y la limpieza, sin cometer “pecado” contra Gaia, bastaría con echar menos detergente a la colada, lavar a menor temperatura y ducharse en vez de bañarse.

Los tres principios anteriores: Reducir el consumo, propiciar la salud y cuidar el medio-ambiente sustentan el consumo ecológico y responsable. Gracias a la aparición de estas nuevas sensibilidades y conciencias, lo ecológico se está poniendo de moda (¡cara!). Hay incluso avances tecno-ecológicos, como lavadoras y coches. Por eso, en este nuevo contexto social, es necesario definir con rigor lo que significa este concepto. En alimentación tenemos ya un referente. Es la agricultura ecológica (biológica u orgánica): Un método de producción agrícola y ganadera caracterizado por el mantenimiento de la biodiversidad de los ecosistemas y la fertilidad del suelo, que excluye el uso de productos químicos de síntesis tales como abonos, fertilizantes y biocidas (herbicidas, insecticidas, etc.), así como el de organismos modificados genéticamente. Esto no significa una vuelta al pasado, sino un paso más en la aplicación del conocimiento científico global al medio-ambiente y a la salud. En otras áreas de consumo existe la denominada “etiqueta ecológica”, cuyo objetivo es la promoción de productos que pueden reducir los efectos ambientales adversos, en comparación con otros productos de la misma categoría. Así, bajo estos puntos de vista más estrictos y regulados, pocos bienes de consumo son realmente ecológicos. La mayoría son “ecotrolas”, auténticos camelos que se esconden muchas veces bajo el término natural, disfrazados de un lenguaje pseudo-científico, para dotar al mensaje de mayor rigor y seriedad. Y de paso, darnos el sablazo.

Los productos procedentes de la agricultura ecológica son más nutritivos y saludables que los convencionales. Hay estudios independientes que lo avalan. Pero, a sabiendas de que esta opinión será refutada por los negacionistas más recalcitrantes y la siguiente por los verdes más “iluminados”, también he de decir que lo natural no siempre es beneficioso. Hace decenas de miles de años los seres humanos descubrimos el fuego. Desde entonces hemos dado pasos de gigante en nuestra evolución cultural. La comida cocinada nos ha permitido aprovechar mejor los alimentos, almacenarlos, transportarlos, facilitar su digestión, eliminar sus microorganismos, neutralizar ciertas sustancias tóxicas, etc. Sin embargo, la moda crudista está en auge y no es una forma de alimentación saludable. También lo están las “medicinas naturales” (reiki, biomagnetismo, gemas curativas, etc.), pero muy pocas de estas terapias se basan en resultados contrastables y reproducibles, aunque tal vez posean efecto placebo. El engaño se cuela en nuestras vidas cuando asumimos el consumo como una religión: Con una fe ciega en las fuentes de información, agravada por la falta de cultura científica y de su valor añadido: el espíritu crítico.

Sin embargo, a pesar de que pocas cosas son ecológicas, en el sentido legal del término, sí podemos hacer algo por nuestra salud, el medio-ambiente y las generaciones presentes y futuras: Consumamos menos y de forma más inteligente, solidaria y comprometida, para legar a nuestros nietos/as, a todos los nietos/as del planeta, un mundo mejor. Ésta es la esencia de la sostenibilidad.

Diario Córdoba 30.09.09

jueves, 18 de junio de 2009

MORGAÑOS

Cuando éramos niños, mi buen amigo Jacinto me asustaba recordándome la existencia y terquedad de un extraño animal que, cuando lo molestabas en su madriguera, comenzaba a perseguirte y no paraba jamás. Lo llamaba "morgaño", como las arañas patilargas extremeñas. No sé si se refería a ellas este aprendiz de mago o pensaba como yo, en algo más peludo y con rabo.

Hoy sé muy bien lo que son estos testarudos seres, creados por la imaginación de mi particular clon de Harry Potter. Los he vivido en carne propia y en la de mis alumnos/as, herederos intelectuales de la "extinta" EGB y de las actuales ESO y Bachillerato. Son esas ideas erróneas que se meten en la cabeza y te persiguen durante gran parte de tu vida. Los docentes intentamos detectarlas para tratar de modificarlas por otras más acordes con la Ciencia (en esto consiste aprender). Muchas veces resulta imposible y, como la gran piedra de la colina de Sísifo, vuelven a rodar por el escenario escolar, cuando parecía que habían sido abandonadas.

Todos tenemos nuestros morgaños personales. Algunos no sabemos ni que nos acosan. Éstos son los peores. Beben en nuestras convicciones más profundas y se resisten a abandonar las profundidades neuronales. Son la esencia y la herencia cultural. Todavía intento desembarazarme de unos cuantos. Pero no lo consigo del todo. Constituyen el equipaje mental sobre economía, política, sociedad, relaciones humanas, Ciencia, etc. y son muy útiles para la vida. ¡Pero un lastre para cambiar y adaptarse!

Son muchas las ideas "erróneas" con las que el alumnado atraviesa las puertas de entrada y, peor aún, ¡de salida! de la ESO. Y en esto radica el problema. Su persistencia constituye un bloqueo que impide la comprensión de nuevos hechos y procesos, así como el aprendizaje de ideas más complejas. Una de ellas es la respiración, un concepto que se “implanta” en la escuela primaria, despojado, obviamente, de toda referencia a los procesos celulares y a la producción de energía. Por eso el alumnado cree que respiramos para purificar la sangre. Es decir, al respirar tomamos oxígeno y expulsamos dióxido de carbono, con lo que la sangre se limpia o purifica. La creencia comienza a cuestionarse cuando se les pregunta cómo es posible que se recupere un “ahogado” mediante el “boca a boca”, si lo que le introducimos en sus pulmones es sólo dióxido de carbono. Lejos de reanimarlo, de esta forma lo remataríamos. Un tratamiento inteligente de la respiración, que incluiría algunas experiencias y el concepto de difusión de gases a través de los alvéolos, debería conducir a lo siguiente: Inspiramos aire rico en oxígeno (21 %) y lo espiramos un poco más pobre (16 %), porque la sangre que circula por los alvéolos se queda con una parte de este gas para que nuestras células respiren. Por eso es efectiva, en algunas ocasiones, la ventilación pulmonar “boca a boca”. Por eso y porque insuflando aire generamos las presiones alveolares necesarias para la ventilación. Por el contrario, espiramos aire con más dióxido de carbono (4%) que el inspirado (0,03%). Este gas está en la sangre de paso, procedente de la respiración de nuestras células.

Otra idea, vinculada a la anterior, hace referencia a la respiración de las plantas, que el alumnado concibe como un proceso nocturno, contrario a la fotosíntesis. Las plantas también respiran y con ello producen energía a expensas del oxígeno y de los hidratos de carbono que han fabricado, expulsando dióxido de carbono, tanto de noche, ¡como de día! Esta noción, que los alumnos/as mayores consiguen verbalizar muy bien, pero no asimilar completamente, les lleva a suponer y a justificar que no es bueno tener plantas por la noche en una habitación, ya que nos roban el oxígeno. Para comenzar a cambiar esta idea propongo a mis alumnos/as que piensen en sus padres (o en otras parejas), que duermen juntos y que no han aparecido asfixiados al día siguiente de empezar a vivir sus noches en común, a pesar de “robarse” el oxígeno mutuamente.

Las ideas precedentes constituyen una aproximación a la Ciencia del alumnado y al quehacer diario en la escuela, en el que las experiencias prácticas, si pudieran realizarse, jugarían un papel decisivo en esta lucha constante contra la pereza y la inercia intelectual. Recuerde el lector el viejo aforismo: Me lo explicaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí. Los morgaños de la escuela y de la vida te abrazan y te dejan de la misma manera.

DIARIO CÓRDOBA 17.06.09

domingo, 12 de abril de 2009

EN RECUERDO DE JESÚS TEJEDERAS DORADO

Aún a riesgo de copiarme a mi mismo, amigo Jesús, quisiera dedicarte este nuevo rincón de reflexiones sobre Ciencia. Y voy a hacerlo aprovechando las palabras que pronuncié la noche en la que la Asociación Profesorado de Córdoba por la Cultura Científica te nombró socio de honor. Sólo pretendo que el navegante que atraque unos minutos en este puerto digital, conozca tu labor en favor de la Cultura.
Como recordarás, nuestro singular y pequeño universo asociativo nació hace cuatro años, de una explosión de inconformismo, debido a la situación que atravesaban (y aún atraviesan) las enseñanzas científicas. Fue fruto del azar, mientras rellenábamos el vacío producido por la ausencia de un ponente a una sesión trabajo en el CEP. (A veces me pregunto si seríamos lo que somos si aquella tarde no hubiésemos rellenado el tiempo y el espacio con nuestras quejas docentes).
De aquellos comienzos contestatarios nos llega su radiación de fondo, como un eco del pasado. Son tus primeras intervenciones, ofreciéndote de nexo entre la Agrupación Astronómica de Córdoba y el universo reivindicativo y divulgativo que acababa de nacer.
Desde su constitución como colectivo, en el año 2005, participaste o estuviste al frente de muchas de sus actividades, como los tres primeros Paseos por la Ciencia, varias observaciones del cielo nocturno, visitas, tertulias, conferencias, etc. Siempre fotografiando y colgando instantáneas en la red para inmortalizar cada evento. O indicando, con tu puntero láser, las metas y desafíos a perseguir, como las estrellas en el firmamento. O ayudándonos a analizar los problemas con tu potente telescopio mental.
Pero siendo toda esta actividad en sí misma un derroche de ilusión, energía y trabajo, creo que representas algo más en nuestra asociación. Formas parte de su esencia, como los quarks dentro de la estructura de los átomos, aprovechando la estela cosmológica de esta semblanza repetida, que va de lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño.
Hoy sabemos que hay varios tipos de quarks, con nombres más extravagantes aún que el de la propia partícula: Arriba, abajo, extraño, encantado, fondo y cima. Tú eras (eres aún en nuestras mentes inquietas) cualquiera de ellos y todos a la vez.
Como profesor de inglés y amante de la Astronomía, aglutinaste en tu persona el saber del Renacimiento: El maridaje de las Ciencias y las Letras. Una integración que defendemos como colectivo, pero que no deja de ser algo extraño en nuestro días.
Tu mayor afición estuvo arriba, en la cima, en el firmamento. Nos traías el brillo de las estrellas y la tenue neblina de las galaxias desde la bóveda del cielo nocturno y nos la servías en bandeja, en sentido figurado y literal (gastronómico).
Fuiste crítico con la situación actual de las enseñanzas científicas e impulsaste medidas para mejorarlas desde abajo, desde el fondo del sistema educativo, como docente comprometido con la educación y la Ciencia.
Fuiste también un gran divulgador del conocimiento científico, transmitiéndolo con entusiasmo a cuantos te conocieron, consciente de que el mensaje de la Ciencia ha de estar cargado de emoción y que solo así es posible interiorizarlo. De ahí viene el encanto con el que nos seducías a los que tuvimos la suerte de escuchar tus historias sobre el cosmos.
Desde el pequeño estallido de nuestra asociación, su “little-bang”, insuflaste materia y energía en nuestro sueño, que no es otro que el de “restar ignorantes a la incultura y sumarlos al tren del progreso y de la libertad”, como nos propuso Manuel Toharia una tarde de febrero del año 2007.
El 18 de mayo de 2008, el "cielo que te encendieron las noches cordobesas" se apagó para siempre, pocas horas después de contemplarlo esquivo desde la terraza del hotel donde te nombramos socio de honor y te abrazamos, sin saberlo, por última vez.
No olvidaremos tu último deseo, aquella noche:
"Y deseo terminar haciendo una invitación a DESCUBRIR EL CIELO. Os va a liberar de las tensiones a que este tipo de vida nos obliga. El cielo nos sitúa en la Naturaleza, en plena libertad, en un reencuentro con nuestra conciencia (...). Enamoraos otra vez de vosotros mismos. Mirad a vuestro interior: eso es al final lo que permanece."
Como tu luz, que se esparce por doquier iluminando el año de la Astronomía, que con tanta ilusión comenzaste a preparar antes de tu marcha.

Córdoba, a 18 de mayo de 2009.

CAZADORES DE SUEÑOS

“¡Clapham Road!” Anunció en voz alta el conductor del omnibús que circulaba por las desiertas calles de Londres. Era una tarde de verano de 1854. El aviso despertó de su ajetreada siesta a un joven químico. Había estado soñando con átomos “caracoleando”, unidos en parejas, tríos, cuartetos y cadenas que giraban vertiginosamente ante sus ojos. Así nació la teoría actual sobre la estructura de los compuestos de carbono. O al menos, así lo contaba en 1890 su progenitor, el arrepentido estudiante de arquitectura y famoso químico alemán, Fiedrich A. Kekulé (1829-1896). Pero las musas de la Ciencia no abandonaron sus cabezadas vespertinas. En 1864, tras dos años de esterilidad profesional por la muerte de su esposa en un parto, descubrió la enigmática estructura hexagonal del benceno. Fue durante otra de sus visiones oníricas: Hileras de átomos retorciéndose como serpientes, mientras una de ellas, la que representaba al benceno, se mordía la cola burlonamente. “Aprendamos a soñar”, dijo en un discurso. “Pero guardémonos asimismo de publicar nuestros sueños hasta que no hayan sido examinados por la mente despierta”, concluyó. Buen consejo para los amantes de las patentes.

Los sueños cumplen una función biológica y psicológica fundamental. Diversos experimentos confirman que sirven para consolidar la memoria en los animales, incluidos los humanos. Como toda nuestra actividad nerviosa, los sueños se fabrican con electricidad y química: “Chispazos” que viajan como un rayo a través de las neuronas y moléculas que se liberan entre ellas o en sus “contactos” con los músculos. Esto último lo descubrió el fisiólogo austriaco Otto Loewi (1873-1961) soñando dos noches seguidas con la misma idea esquiva, en la primavera de 1921. Durante la segunda visualizó un procedimiento experimental para determinar si la hipótesis sobre la transmisión química entre nervios y órganos, formulada hacía 17 años, era cierta o no. Tras despertar a media noche, se levantó de inmediato, fue a su laboratorio y realizó un trascendental y sencillo experimento con varios corazones de rana y soluciones salinas, siguiendo el método proporcionado por Morfeo. Así descubrió que en la transmisión del impulso nervioso interviene la acetilcolina, una sustancia aislada previamente por su colega Dale. Los dos científicos recibirían el premio Nobel en 1936. Y de este hallazgo al Prozac y a otros tratamientos, gracias al descubrimiento y modulación, mediante fármacos, de decenas de neurotransmisores que permiten a las neuronas “hablar” entre ellas a través de las sinapsis.

Los neurotransmisores son compuestos químicos. Es decir, agrupaciones de átomos de varios elementos que “dibujan” las estructuras soñadas por Kekulé. Por aquellos años sólo se conocían unas pocas decenas de elementos, clasificados en familias según sus propiedades físico-químicas. Pero faltaba una ordenación definitiva que explicase la periodicidad de estas propiedades. Se habían hecho varios intentos, hasta que Dmitri Mendeléyev (1834-1907) encontró las claves con una baraja de cartas en el fondo del cajón de los sueños. Para ello utilizó los sesenta y tres naipes correspondientes a otros tantos elementos identificados hasta entonces y los dispuso en las paredes de su laboratorio, ordenándolos una y otra vez, con el fin de encontrar la regla que explicase el caos aparente. Y así, una tarde de 1868, durante una de sus habituales siestas (¡bendito descanso a la española!), contempló cómo las cartas iban cayendo una a una en su lugar. Al despertar las dispuso en siete grupos sobre la mesa, como en un solitario. Uno por uno fue colocando todos los elementos químicos, dejando huecos para los que aún no se habían descubierto: De arriba abajo, los átomos con propiedades semejantes; de izquierda a derecha, según la variación progresiva de esas mismas propiedades y desde el principio hasta el final, por su creciente peso atómico.

Mendeléyev era un científico pragmático y preocupado por el progreso social. En cierta ocasión sentenció que podríamos vivir sin Platón, pero que necesitaríamos el doble de Newtons para descubrir los secretos de la naturaleza y vivir en armonía con sus leyes. No hay que llegar tan lejos en este radical abandono de las “Letras”. En pleno siglo XXI sólo necesitemos que se cumpla otro sueño: Más Cultura Científica para comprender el mundo y actuar en él de forma responsable y solidaria.


domingo, 4 de enero de 2009

LAS CIENCIAS EN EL PUNTO DE MIRA

Hace varios meses expuse, en una colaboración publicada en el diario Córdoba (Cola de lagartija, 20.8.07), que las objeciones de la Conferencia Episcopal a la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (EpCyDH) no eran sino una tapadera para proteger su más preciado tesoro: la enseñanza de la religión en los centros sostenidos con fondos públicos. Finalizaba el artículo con una pregunta premonitoria: ¿También plantearán objeción de conciencia a todas aquellas áreas que desarrollen transversalmente los contenidos de esta asignatura?
Hoy la pregunta adquiere una nueva y esperada dimensión, al publicarse en los medios de comunicación la queja y posible objeción a la nueva asignatura Ciencias para el Mundo Contemporáneo (CpMC), obligatoria para todos/as los alumnos/as de 1º de bachillerato. La Federación de Enseñantes Religiosos (FERE) y la de las AMPAS afines a la Iglesia (ICAR) la creen innecesaria, porque en ella se tratan "convicciones morales sobre temas no compartidos", como el uso de células madre, la clonación, la fecundación in vitro y el evolucionismo, y puede convertirse en un instrumento para "adoctrinar" (Diario Cordoba, 4.6.08). A mi juicio, se trata de una posición retrógrada, separada por una delgada línea de la contundente potencialidad de la famosa sentencia de Víctor Hugo: “En todo pueblo existe una antorcha, el maestro; y un extintor, el párroco”.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿De dónde han conseguido estos profesores/as, padres y madres la fuerza necesaria para plantear un acoso tan brutal a la Cultura Científica? La respuesta es evidente. Se nutren del espíritu zapatero: Una concepción capciosa de la aconfesionalidad del Estado que nos ha conducido al mantenimiento de las religiones en las escuelas, al aumento del porcentaje del IRPF para el sostenimiento de la ICAR y al penúltimo jarro de agua fría derramado sobre el laicismo: El rechazo de la propuesta de eliminación de los símbolos religiosos en las ceremonias oficiales.
Cuando la Conferencia Episcopal lanzó su órdago animando a objetar la asignatura EpCyDH; la FERE, contraria a una postura tan radical, arrancó del gobierno el derecho a adaptar la nueva asignatura al ideario del centro. Y así, los contenidos iniciales, coherentes con una Ética universal, quedarían mutilados sensiblemente en lo referente a la familia, para adaptarlos a la “antropología cristiana”. Se abría así la puerta a una gran diversidad de planteamientos éticos contradictorios, reflejados en diferentes libros de texto. De esta forma podrían obviarse en un colegio católico la filosofía de género (el que elige la persona), el matrimonio homosexual, las relaciones prematrimoniales o la anticoncepción, por ejemplo. O considerarlos pecado mortal, sin posibilidad de debate ni contestación.
En Andalucía las cosas se complicaron un poco más en abril de 2008 cuando el Tribunal Superior de Justicia aceptó, parcialmente, los planteamientos de cinco padres y madres sevillanos (algunos, miembros del PP) y anuló el desarrollo de los contenidos de varias áreas del currículo referidos a la ideología de género, las relaciones homosexuales y las opciones vitales, por su incompatibilidad con la neutralidad obligada del Estado, rechazando el recurso contra los que se referían a otros temas relacionados con las células madre o la clonación, por ejemplo (¡qué alivio!). No sabemos qué consecuencias tendrá para el futuro de esta y otras asignaturas la sentencia andaluza, ya que está recurrida por la Consejería de Educación y no coincide con las sentencias dictadas en otras CCAA.
Las Ciencias son la antorcha que ilumina el pasado, el presente y el futuro de nuestra especie. Representan el fruto de la lucha del ser humano contra los mitos. La nueva asignatura viene a paliar en parte el déficit de formación científica que arrastra el alumnado de la ESO y contribuirá a forjar ciudadanos/as más cultos e informados, algo más comprometidos, libres y responsables, capaces de adoptar decisiones individuales y colectivas de forma autónoma, racional y fundamentada, respecto a los retos y dilemas que la Humanidad tiene planteados. No me extraña que determinadas fuerzas reaccionarias pretendan sofocar su impulso liberador y democrático.
La Cultura Científica se convierte así en una amenaza para los que se creen investidos de la verdad absoluta. Pero si ésto es así, ¿por qué no negar el conocimiento científico desde el principio de la escolaridad, cuando los niños/as y niñas son más vulnerables? ¿Por qué no impedir también el aprendizaje de la evolución, del big-bang o del funcionamiento del cerebro a partir de moléculas y electricidad, en las clases de Ciencias Naturales? ¿Por qué no volver a explicar al alumnado, como hace sesenta años, que hay una especie de fantasma en nuestra máquina, el alma, con sus tres potencias: La memoria (plasmada en parte en la Biblia, fuente de toda moral), el entendimiento (iluminado por la fe) y la voluntad (de seguir viviendo en la Edad Media)?
Blog Escuela Laica de Córdoba
20.06.08

miércoles, 22 de octubre de 2008

LINNEO Y EL SEXO

Phallus impudicus

Hay unos cuantos términos científicos, no anatómicos, que poseen connotaciones sexuales. Por ejemplo: Corrimiento de tierras, polvo estelar, climax, etc. Su utilización en clase genera siempre murmullos y algunas sonrisas cómplices. En cierta ocasión su uso trascendió hasta una sesión de evaluación de 4º de la ESO, cuando un reducido grupo de alumnos/as lo consideró un poco “escandaloso”. Este atrevido rincón de la ciencia también está dedicado a ellos/as.

La nomenclatura científica es binomial. Cada especie se identifica con un nombre y un “apellido” latinos (o con raíz grecolatina). El primero es el Género y el segundo es el descriptor específico. En muchas ocasiones se añade también una o varias letras y un número, para indicar el nombre de la persona que la catalogó y el año en el que lo hizo. Para ilustrarlo, hablemos de un voluptuoso hongo y de una planta gigante.

El primero habita en rincones húmedos de nuestros bosques, ricos en materia orgánica en putrefacción. Es una seta hedionda que sorprende por su morfología. Sus ejemplares maduros poseen una estructura característica que podríamos describir con detalle. Pero no hace falta. Para obtener una fotografía mental rápida de su aspecto nos basta con el nombre que el botánico John Gerard le puso en 1597: “fungus virilis penis effigie”. Posteriormente sería rebautizado por Carl Linneo, de quien nos ocuparemos más adelante, como Phallus impudicus, por su forma y “actitud” poco recatada. Es comestible en su fase más juvenil.

Como un falo, pero deforme y monstruoso, es la inflorescencia (espádice) de Amorphophallus titanum Becc., una alienígena planta tropical. Su espádice, de vida efímera, crece a razón de 10 cm diarios, alcanzando más de 2,5 m de altura. Su olor a carne descompuesta atrae a las moscas que depositan sus huevos sobre cadáveres, facilitando así el proceso de polinización. Un juego de engaño y confusión con el que la Naturaleza nos sorprende una vez más.

El sueco Carl Linneo (1707-1778) es el padre de la Taxonomía moderna. Ideó este sistema binomial para poner orden en el caos reinante, ya que la misma especie podría ser nombrada de manera diferente por los naturalistas, en función de las características que quisieran destacar. Es autor del Systema Naturae, un extenso catálogo de animales, plantas y minerales, que pasó de once páginas, en 1735, a más de tres mil, en su última edición de 1770. Siendo muy joven sufrió las críticas de sus contemporáneos por la naturaleza sexual de su clasificación botánica, en un mundo académico regido por la moral y las buenas costumbres. Por aquella época, a pesar de que se conocía, desde 1694, la naturaleza sexual de la reproducción floral, la Botánica era considerada una Ciencia delicada, femenina y sublime, porque acercaba al ser humano a la maravillosa obra del Creador, plasmada en la belleza y pureza de las flores. Todo cambió cuando este osado botánico comenzó a comparar los diferentes elementos florales con el sexo de varones y hembras: Anteras con testículos, filamentos con conductos seminales, pistilos con vulvas, vagina con estilo y cáliz con lecho nupcial o tálamo. En su taxonomía incorporaba nombres y descripciones que parecían extraídas de un cuento erótico: “Clase Poligamia. “Los maridos (estambres) con sus esposas y concubinas (pistilos) cohabitan en diferentes tálamos (…)” Muchos de sus contemporáneos la consideraron pornográfica y poco científica. El botánico Johann Siegesbeck, director del Jardín Botánico de San Petesburgo, la calificó como “aborrecible prostitución”. Desde entonces una mala hierba lleva su nombre: Siegesbeckia.

Linneo nombró y describió unas 7700 plantas y 4400 animales. Por ejemplo, englobó bajo el género Clitoria a un conjunto de plantas leguminosas cuya flor recuerda al órgano sexual femenino. Clitoria cordubensis es una de ellas… Pero crece en Argentina. Y no sólo se fijó en su aspecto. Bautizó una hierba, caracterizada por su mal olor, con el nombre de Chenopodium vulvaria (no sabemos nada sobre la naturaleza íntima de sus observaciones). En cuanto a la fauna, denominó Crepidula fornicata a una lapa que construye cadenas de hasta doce individuos, con una hembra de gran tamaño en primer término. A esta “orgía lineal” se le van pegando sucesivamente machos con largos penes, que se transforman en hembras hacia la mitad. Pero su nombre no responde a su azarosa vida sexual, desconocida por el científico sueco. Se debe a la forma curvada de su concha (del latín fornix, arco o bóveda), en recuerdo de las cámaras abovedadas situadas en los bajos de los grandes edificios romanos, donde las prostitutas ejercían su oficio: fornicar.

La Taxonomía es la ordenación jerárquica de la inmensa biodiversidad existente, encerrada, desde Linneo, en dos nombres. Como hemos visto, unos pocos poseen alusiones directas al sexo. Y es que la Ciencia es una actividad humana. Como “el comer”… Y todo lo demás.