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jueves, 21 de julio de 2011

Los productos naturales ¡vaya timo! ¡VAYA TIMO!”


Sinceramente, compré el libro “Lo productos naturales ¡vaya timo!” para conocer el planteamiento de la editorial Laetoli y de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (ARP-SAPC) sobre la irrupción en el mercado y en la publicidad de los mal llamados productos “verdes”: Coches ecológicos, ecobolas, productos de higiene, iones negativos, etc., debido a la creciente sensibilización del consumidor/a respecto a los problemas medio-ambientales.

Pero cuál sería mi sorpresa cuando comencé a leer las cinco primeras palabras de su introducción: La cuestión es estar asustado (p 9). Y así, 40 líneas, en las que el autor minimizaba los problemas medio-ambientales del planeta, tildando a los ecologistas de nuevos jinetes de la Apocalipsis, mientras comparaba sus visiones catastrofistas con las amenazas sobre el fin del mundo y el castigo eterno que predicaban las diferentes religiones hace unos siglos. Fue entonces cuando comprendí que había que hacer algo para defender el verdadero pensamiento crítico, contra un libro que parecía beber en sus fuentes y, de paso, devolver al movimiento ecologista la racionalidad que el autor le estaba arrebatando desde el principio.

(...)

(Leer el documento completo)

Todos estos comentarios se resumen en una CONCLUSIÓN y una RECOMENDACIÓN:

CONCLUSIÓN:

El libro “Los productos naturales ¡vaya timo!” es un panfleto antiecológico y antiecologista. Ofrece información sesgada, no tiene en cuenta los conocimientos derivados de la Ecología ni de las Ciencias Ambientales y maneja anécdotas y argumentos ad hóminen de forma tendenciosa, para desprestigiar al adversario y justificar la agricultura basada en los OMGs. Es, por otra parte, una “patada en el trasero” a la Educación Ambiental, ese ámbito transversal que parte del lamentable estado en el que se encuentra el planeta, como consecuencia de los impactos medio-ambientales y del derroche consumista de una pequeña parte de la población, para tratar de propiciar actitudes y conductas más responsables en nuestra relación con el planeta y los demás seres humanos.

Mi crítica se dirige al autor, obviamente, pero sobre todo a la editorial Laetoli, por propiciar esta publicación bajo el paraguas del pensamiento crítico de la colección ¡Vaya Timo!

RECOMENDACIÓN

A pesar de todas estas críticas, recomiendo su lectura. Aunque puedo prestarlo, si alguien quiere ahorrarse los 16 € que cuesta este cúmulo de razones para justificar la inquina casi enfermiza del autor hacia los conservacionistas. Pero quien me lo pida, que sepa que tiene anotaciones por toda su geografía.

Obviamente es una recomendación con trampa. Lo que persigo es que el lector aprenda por experiencia propia cómo no debe ser un libro que pretende utilizar el pensamiento crítico como herramienta para formar conciencias, para divulgar los avances científicos y para luchar contra las pseudociencias.

A MODO DE EPÍLOGO:

Pensé titular esta crítica así: “La colección vaya timo, ¡vaya timo!” Pero no lo voy a hacer por respeto a muchos de los autores que han precedido a JM Mulet y que me han aportado una visión de cómo el pensamiento crítico y la palabra pueden estar al servicio de la Cultura Científica. Este libro, a mi juicio, consigue el efecto contrario.

Por eso titulo esta crítica de esta manera tan retorcida: “Los productos naturales ¡vaya timo! ¡VAYA TIMO!”

Un afectuoso saludo a todos/as, independientemente de su posicionamiento en el tema de los productos naturales.
criticas cuatro partes

jueves, 9 de junio de 2011

COCHES Y MUÑECAS

http://www.facebook.com/note.php?note_id=417246749317

En el año 2002, la investigadora Melisa Himer llevó a cabo un interesante experimento con individuos de ambos sexos, de muy corta edad, que no habían recibido aún influencias parentales ni ambientales. Les entregó varios juguetes sexistas: Coches y muñecas. Si el ambiente o la cultura fuesen responsables de las diferencias sexuales durante el juego, esperaríamos encontrar a sujetos masculinos y femeninos jugando indistintamente con ambos juguetes. Pero no fue así. El 100 % de los primeros jugaron con coches, mientras las segundas lo hicieron con ambos juguetes. Esto probaba la existencia de un claro dimorfismo sexual de origen biológico en… ¡unos monitos!  

Comprendo el temor de muchas personas a enfrentarse con este tipo de hechos en los seres humanos: La justificación de la discriminación sexual o de la superioridad intelectual de uno de los sexos. Pero la neurobiología nos muestra que hay muchas “inteligencias” y que, además, esa superioridad intelectual no existe. Paralelamente, la Ética considera que el sexismo es inaceptable.

Pero, ¿por qué no van e existir diferencias en el cerebro y en el producto de su actividad, la mente, si las hay en la entrepierna (con perdón)? Estas diferencias anatómicas son el resultado de la acción de las hormonas, que a su vez obedecen las órdenes dictadas por las dotaciones cromosómicas de los embriones XY (machos) o XX (hembras). Es un plan grabado mediante selección natural en nuestros cromosomas, millones de años atrás, para asegurar la transmisión de los genes. Por esta razón disponemos de órganos sexuales diferenciados y una batería de conductas que garantizan el apareamiento, el cuidado de la prole y los vínculos afectivos en el seno de la familia. Lo cual significa que sentimos con las mismas estructuras nerviosas del pasado, en un tiempo y en unos entornos en los que las relaciones son mucho más complejas. Afortunadamente, nuestro cerebro también está dotado de otras herramientas cognitivas: El lenguaje, algunos circuitos morales innatos, que controlan ese fuego interno hormonal y otros, en los lóbulos frontales, con funciones intelectivas superiores. E interaccionado con todo, la experiencia individual, la educación y la cultura acumulada.

Obviando el tamaño cerebral, más grande en los varones que en las hembras, como lo es su tamaño corporal, la primera diferencia se da en un pequeño núcleo del hipotálamo, esa glándula endocrina ubicada en la base de nuestro cerebro que controla, entre otras funciones, la temperatura, el hambre y la reproducción. Este núcleo, 2.5 veces mayor en los hombres, es el responsable del impulso y el comportamiento sexual típicamente masculino.

Una segunda diferencia reside en las neuronas espejo, repartidas por diferentes áreas cerebrales. Estas células se activan cuando un animal, como el ser humano, observa el comportamiento de otro, especialmente si es de su misma especie. Intervienen en procesos de aprendizaje por imitación, en la empatía (ponerse en el lugar de los demás) y en otras capacidades cognitivas necesarias para la vida en grupo. Recientes estudios han confirmado que las mujeres poseen más neuronas espejo, lo que se traduce en algo más de “contagio” emocional. Esto les permitió, en el amanecer de los homínidos, interpretar mejor las emociones de las crías y mantener los lazos familiares.

El cuerpo calloso, esa banda de tejido blanco que comunica los dos hemisferios cerebrales, es también mayor en las mujeres. Su función está vinculada al trasvase de información entre la parte izquierda del cerebro, más analítica, y la derecha, más emocional. Esta diferencia explica por qué las mujeres son más conscientes de sus propias emociones y las manejan mejor, por qué las incorporan más fácilmente al pensamiento y al habla y por qué establecen juicios y valoraciones de forma más rápida y acertada (¿son más intuitivas?). Esta mejora dotó a las hembras humanas de una mayor capacidad de mediación y de resolución de conflictos en el seno de la tribu, mientras el macho se encargaba de la exploración del territorio y la caza, impulsado, instintivamente, por el mayor tamaño de otra área hipotalámica: La de defensa.

Sin embargo, estas y otras diferencias cerebrales son insignificantes frente a lo que compartimos como especie. No obstante, su conocimiento debería de ser el punto de partida para entendernos como seres humanos y llevarnos mejor los/as unos/as con los/as otras/os.

sábado, 5 de febrero de 2011

CIENTÍFICOS DE PELÍCULA

Versión en el diario Córdoba (2.02.2011)

Versión para este blog

“¡Usted le ha matado!” exclama un anónimo vigilante de la Facultad de Medicina de Zurich, dirigiéndose al joven estudiante Herbest West, tras comprobar que el doctor Gruber yace muerto, tendido en el suelo de su despacho. ¡No, todo lo contrario! ¡Yo le di la vida! Responde el aprendiz de médico, mientras clava su aterradora mirada en el espectador, que ignora la orgía de sangre y vísceras que le espera. Así comienza la película Re-Animator, cuyo protagonista ilustra el primero de los seis tipos de científicos de cine que voy a describir en esta colaboración. Se trata del alquimista, un personaje maníaco y obsesivo, poseído por un objetivo diabólico: La resurrección de los muertos mediante una fórmula regenerativa (y fosforescente).

En el otro extremo del espectro se sitúa la doctora Grace Augustine, la xenobotánica de la película Avatar e investigadora de la foresta de Pandora, una luna del planeta Polifemo. Esta científica y ecologista se enfrenta a una empresa privada que quiere aniquilar a los na’vi, para extraer el unobtainium, un mineral carísimo con propiedades superconductoras. Al margen de la proximidad en el espacio y en el tiempo de este expolio, la doctora Grace encarna el perfil del científico/a idealista (rara avis), por su compromiso hasta la muerte con la biodiversidad y con los pueblos oprimidos.

Con un espíritu también comprometido, pero abierto a nuevos territorios físicos e intelectuales, se desenvuelve en el mundo virtual el aventurero Alexander Hartdegen, protagonista de la película La Máquina del Tiempo. El Dr. Hartdegen, tras viajar repetidamente al pasado para salvar infructuosamente a su prometida, se lanza 800.000 años hacia el futuro, donde encuentra una Humanidad degenerada y en conflicto, dividida en morlocks (cazadores subterráneos) y eloi (sus presas). La película termina con la destrucción de los depredadores y la recuperación de la Humanidad gracias a un holograma que el viajero del tiempo recupera en algún momento de su periplo espacio-temporal.

Sebastián Caine es el Hombre sin sombra. Ha descubierto el modo de convertir en invisible la materia viva y no tiene escrúpulos a la hora de dar un paso más y probarlo consigo mismo. Sólo tiene un ideal: La Ciencia. Y todo lo demás, incluso su propia vida, queda supeditado a este fin. Es, además, un personaje frío, calculador y carente de empatía. Personifica al científico romántico (que no sentimental), entregado en cuerpo y alma al conocimiento, pero no a los demás.

Todo lo contrario del científico desvalido, cuyas metas son más nobles, pero arriesgadas e irresponsables. Como no puede ser de otra manera, sus proyectos terminan en catástrofe. Encuadramos en esta clase al Doctor Octopus, de Spiderman II, quien descubre la forma de controlar el poder del sol en sus propias manos, mientras el invento se apodera de su mente. Esto le convierte en un ser maquiavélico y en el peligro número uno para la ciudad de Nueva York, a la que sólo puede salvar el hombre araña.

He dejado para el final al paradigma del científico cinematográfico por excelencia; una caricatura devaluada del mismísimo Einstein: El “típico” profesor chiflado y despistado, sin responsabilidades familiares, motivo de burla para propios y extraños. Así es Philip Brainard, personaje estelar de la película Flubber e inventor de un material verdoso, energético y cuasi vivo, que se desplaza a velocidades supersónicas.

¿Influye negativamente en el espectador/a esta imagen tan distorsionada de los científicos y de la Ciencia? No estoy seguro. Los estudios realizados con escolares sugieren que sí. Respecto a los adultos, mi opinión oscila entre un sí rotundo, basado en la carencia general de cultura científica y un no relativo, si suponemos que con la edad mejoramos nuestra capacidad para discernir con claridad la ficción cinematográfica, de ese mundo tangible por el que transcurre nuestra existencia.

Los/as cineastas nos mostrarán siempre personajes en los que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (ésta es la grandeza del séptimo arte). Por tanto, si la sociedad reclama ciudadanos/as con actitudes favorables hacia el progreso científico, tenemos que poner en marcha, y lo digo por enésima vez, una adecuada educación científica que contribuya a meter la cinta de sueños de Orson Welles, en la cintura de los límites de la realidad con la que bregamos todos los días.

Casimiro Jesús Barbado López. Asociación Profesorado de Córdoba por la Cultura Científica

viernes, 29 de octubre de 2010

Los científicos en el cine

Presentación sobre los científicos en el cine, realizada para las IV Tertulias de la APCCC, celebradas en el Jardín Botánico de Córdoba, en colaboración con el CEP Luisa Revuelta y el IMGEMA.
Jardín Botánico. 28.10.10
cientificos cine cep

lunes, 17 de mayo de 2010

CATÁSTROFES Y CULTURA

Esta colaboración se gestó una tarde de abril durante una de nuestras tertulias, escuchando a Pedro Alfaro, profesor de Geología de la Universidad de Alicante. Hablaba de seísmos y nos invitaba a reflexionar sobre la naturalidad de estas catástrofes. Nuestro ponente se refería a la poca atención que prestamos a los mensajes que nos envía el planeta, informándonos sobre dónde y con qué fuerza va a temblar su corteza. Tras ejercer de esponja una vez más, voy a devolver, resumido, el conocimiento absorbido aquella tarde. Será como el guión de una mala película construido a partir de una excelente novela. Asumo este riesgo con la humildad del director de cine: La novela es infinitamente mejor.

Hasta el día de hoy, tres han sido los terremotos de 2010 que nos han conmocionado. En enero nos sobrecogía el de Haití, con una magnitud de 7.0 en la escala de Richter y sus 200.000 víctimas mortales. En marzo, el de Maule, Chile, que, con una magnitud brutal, de 8.8, causó setecientas muertes. Y en abril, el tercero, de 6.9, en la localidad china de Qinghai, que segó la vida de varios centenares de personas. En todas estas regiones se conocen con exactitud el tamaño de las fallas causantes, la probabilidad de que el fenómeno se repita y la energía que podría liberarse al resbalar bruscamente un bloque rocoso sobre el otro. Circula una leyenda urbana que sugiere que este año hay más terremotos que nunca, como si fueran los pródromos del apocalipsis del año 2012 o una consecuencia del Cambio Climático. Pero los estudios sismológicos no lo confirman. Anualmente se producen unos 960.000 terremotos: Uno catastrófico, con magnitud superior a 8; 18 destructivos, con una magnitud comprendida entre 7 y 7.9, y unos 120 que provocan daños importantes, con una magnitud de 6 a 6.9. Que causen más o menos víctimas mortales depende de varios factores. El primero es su energía. El terremoto de Chile fue 500 veces más potente que el de Haití (una unidad más en magnitud equivale a una energía 30 veces mayor). En segundo lugar, su profundidad. En Granada se produjo un terremoto de magnitud 6.3 el pasado 11 de abril. Pero no fue percibido por la población, ya que su hipocentro estaba a ¡617 km bajo nuestros pies! Un tercer factor es la proximidad del epicentro a zonas densamente pobladas. A estos factores naturales hay que añadir la vulnerabilidad de las construcciones y la cultura sísmica. Estos dos nuevos “ingredientes” humanos son fundamentales para explicar muchas de las diferencias relativas a los daños y a las víctimas. Un titular del diario El País sobre Haití lo sintetizaba a la perfección: “Un seísmo machaca a los pobres”.

Al finalizar su magnífica y documentada exposición dejaba en el aire tres cuestiones que, por el foro en el que las pronunciaba, no eran meramente retóricas, sino una invitación para la reflexión y el trabajo en clase. En la primera preguntaba sobre el derecho de los ciudadanos/as a conocer cómo funciona el planeta. Un derecho que obligaría al Estado a poner estos conocimientos a su disposición durante el periodo escolar. Quizá sea oportuno recordar la hazaña de Tilly Smith, una niña británica de 10 años, que salvó la vida a un centenar personas, cuando predijo la llegada de un tsunami, en diciembre de 2004. Todos vieron cómo se retiraba el mar en esa playa de Tailandia, donde la familia pasaba sus vacaciones. Muchos se esperaron a capturar en sus cámaras el extraño fenómeno. Y murieron. Pero ella recordó una clase de Geología y supo interpretar los hechos. En Chile, en Japón o en la costa oeste de los EEUU, los ciudadanos/as poseen esta cultura sísmica. Sin embargo, en Andalucía, donde existe un importante riesgo sísmico, estos contenidos curriculares solo se desarrollan en profundidad en una asignatura optativa de 4º de la ESO.

¿Es la Naturaleza la responsable de las catástrofes? La Tierra posee una turbulenta vida exterior, que se manifiesta con tornados, huracanes e inundaciones, cuyos daños podríamos evitar con una adecuada ordenación del territorio. Y esconde una agitada vida profunda, con una energía interna indomable que disipa violentamente mediante volcanes y terremotos. Pero no estamos desarmados. Los seres humanos atesoramos los conocimientos y la tecnología necesaria para disminuir drásticamente el número de víctimas de los terremotos de magnitud 7. “No matan los terremotos, sino el colapso de los edificios”, nos recordaba Pedro.

En último lugar preguntó si vivimos, realmente, en una sociedad del Conocimiento, con una razonable Cultura Científica. Yo afirmaría que nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información a golpe de ratón. Pero como en un gran bufé libre, nos cuesta trabajo seleccionarla, cuestionarla y digerirla. Construyamos mediante una buena educación científica las herramientas intelectuales indispensables para entender el funcionamiento de nuestro mundo y, de paso, preparemos a nuestros hijos/as para afrontar los retos que nos esperan.

FOTOGRAFÍA: Terremoto de San Francisco 1906
Fuente: www.spanishred.com/foro/showthread.php?t=18829

Versión para el Diario Córdoba 19.05.10
catastrofes

viernes, 12 de marzo de 2010

LOS DOS CUADERNOS: REFLEXIONES SOBRE CIENCIA Y RELIGIÓN

¡Maestro! ¡Se me ha acabado el cuaderno de biología! ¿Puedo utilizar el de religión? La anécdota sucedió en una clase de 4º de la ESO, en un instituto de Fernán Núñez, hace varios años. Como estábamos a primeros de junio, me pareció razonable la propuesta. La ocurrencia quedó anotada en mi bitácora como un chascarrillo más. Con el paso de los años ha ido cobrando fuerza y transformándose en una potente metáfora: La que voy a tratar de desmenuzar en esta colaboración. No espere el lector/a sesudas y originales argumentaciones, sino la presentación digerida de unas pocas lecturas y reflexiones. Un redondeo final para mí mismo. Poco más que la originalidad de la metáfora ad hoc que nació en una clase de secundaria, urdida con un profundo respeto hacia todos los creyentes.

Una metáfora trilateral.

En principio, son tres las facetas que genera la metáfora de “los dos cuadernos”. La primera trata sobre la “convivencia” de estas dos formas de entender el mundo dentro de un mismo cerebro. Es decir, sobre su compatibilidad en la mente para afrontar una vida coherente. Esto nos llevará a preguntarnos si los científicos, poseedores de una mente privilegiada y de un conocimiento superior de la realidad, son más religiosos que el resto de los mortales.
En segundo lugar me sugiere la versión del “cuaderno de ciencias acabado”, es decir, la invención de un dios tapa-agujeros cuando estamos lejos de una explicación científica ante algunos de los “misterios” del universo. Por este camino debatiremos sobre la evolución del conocimiento científico y la necesidad de dios.
Por último utilizaremos las herramientas científicas para explicar la existencia de la religión. Llamaremos a esta faceta “buscando los orígenes”. Y así introduciremos en el cuaderno de esta asignatura un poco de sociobiología y psicología evolutivas, con el fin de tratar de esclarecer su aparición y mantenimiento a lo largo de la historia de nuestra especie.
Seguro que el lector puede exprimir aún más esta metáfora y adentrarse en otros terrenos. Si es así, habremos conseguido uno de los objetivos de este artículo. El otro es aún más directo: Demostrar que religión y ciencia son incompatibles. No está en mi ánimo hacer pedagogía del ateísmo. Sólo abrir los ojos a la gente, no sacárselos, como diría la ilustrada Madame du Deffand.

De la revista del Foro Felix Ortega. Año 2/ Número 3.

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Ciencia y Religion Definitivo 31 Enero

martes, 8 de diciembre de 2009

Postdarwinismo en Córdoba

Darwin desconocía los descubrimientos de Mendel. Por eso, cuando salieron a la luz en 1900, la Teoría de la Evolución tuvo que adaptarse a la Genética. Más tarde, otros hallazgos, como la disposición lineal de los genes en los cromosomas y la transmisión mendeliana de las mutaciones contribuyeron a configurar, en los años 30 y 40 del siglo pasado, la Teoría Sintética de la Evolución o Neodarwinismo. Han pasado muchos años y el debate continúa. Todavía son muchos los que discuten esta “nueva” visión de la vida. En este sentido, en el Jardín Botánico de Córdoba estamos asistiendo estos días a un salto cualitativo excepcional en esta progresión hacia el conocimiento: La síntesis entre el darwinismo y la fe cristiana, plasmada en un humilde belén.
¿Un punto de vista deformado? Por supuesto. Pido perdón a mis amigos/as del Botánico por el exagerado comienzo y reconozco su entrega a éste y otros proyectos. Pero el belén es real. Algo simpático, intrascendente a primera vista, pero con algunas implicaciones que quiero comentar. Y en estas transparentes aguas me sumerjo, esperando que el lector me haya borrado de la frente la etiqueta de fundamentalista científico y que al final, si no comparte conmigo estas reflexiones, al menos, las respete.
El belén “ecológico” se representa en tres zonas bien diferenciadas: Una vista parcial de Inglaterra, con el Big Ben, la Universidad de Cambridge y Down House, la residencia donde Darwin escribió su gran obra hace 150 años. En otra escena, una isla del archipiélago de las Galápagos, con su riqueza biológica, fuente de inspiración del naturalista. Finalmente, la Tierra del Fuego, en la que realizó numerosos estudios que le sirvieron para argumentar “El Origen de las Especies”. Las figuras del belén se reparten por los tres escenarios, aunque el portal y los reyes magos protagonizan el tercero. Así reza el folleto de la actividad (o tal vez canta un villancico, no lo sé): “Con esta recreación de los hechos pretendemos acercar al público en general a la figura de Darwin y su Teoría de la Evolución, ya que con ésta consiguió transformar nuestra visión de la vida en la Tierra (…)”.
La idea es ingeniosa: Aprovechemos el tirón de los belenes, sobre todo entre los niños y niñas y la tercera edad, para dar a conocer la obra de Darwin. Pero, no deja de ser, según la RAE, una aberración, es decir, “un grave error del entendimiento”, por tres razones. La primera es de carácter democrático, y no por manida, deja de tener fuerza. Una institución pública debe mantenerse al margen de las religiones, porque nuestro Estado es aconfesional. Lo proclama la Constitución. Y aunque los crucifijos y belenes sean una tradición respetable, no forman parte de la cultura común. Por eso deben desaparecer de los edificios públicos. La sociedad y los gobernantes que la rigen han de evolucionar explorando la incomprendida senda del laicismo, entendido como una conquista compartida (esta vez sí) de las sociedades avanzadas. Sin prisas, pero sin vacilaciones.
La segunda razón es de índole intelectual. Poner a Darwin y al Hijo de Dios compartiendo el espacio físico de una sala de exposiciones y el virtual de nuestras neuronas, es chocante, si no es para enfrentarlos como dos formas excluyentes de entender el mundo. Darwin era consciente del poder de sus ideas y por eso tardó tanto en exponerlas. Con ellas derribó la necesidad de un Dios creador, ese supuesto relojero que habría diseñado las maravillosas maquinarias vivientes. Y eso es lo que debería extraerse de la lectura de este ecléctico belén, a partir de un pequeño panel donde se exponen el creacionismo y el evolucionismo al mismo nivel. Pero esta gran contribución de Darwin al pensamiento y a la Ciencia pasa desapercibida, perdida entre la virgen María y San José.
La tercera razón es hija de la segunda, de la misma manera que la escuela lo es de Ciencia y de la Psicopedagogía. Si lo que queremos es que los más pequeños tomen contacto con la biodiversidad de estos ecosistemas y con la figura del naturalista, eliminemos lo que no cuadra con el contexto social y ambiental y centrémonos en la flora y en la fauna, en las formaciones geológicas y en los fósiles. Montemos escenarios al estilo de los Lego. Y pongamos a los salvajes fueguinos malviviendo. Y a Darwin, cabalgando por aquellos parajes, acarreando especímenes. O debatiendo con el capitán Fit Roy, a bordo del Beagle, sobre la esclavitud o la obra del Creador.
¿Acaso son complejos estos conceptos y profundas las ideas evolucionistas? Es posible. Pero este es el reto. Personalmente creo que será más difícil que un niño pequeño elimine a Darwin del Gran Cuento de la Navidad, tras haberlo visto sentado en la puerta de su casa rodeado de pastorcitos. Y que su mente no construya, tras la visita, un totum revolutum mezclando con el niño Jesús, los regalos de Reyes y la figura de un viejo que escribió un libro sobre camellos en las Galápagos.


Las fotografías han sido tomadas en la exposición-belén sobre Darwin, montada en el Jardín Botánico de Córdoba durante el mes de diciembre.


LISTADO DE ACTIVIDADES CULTURALES Y EDUCATIVAS DEL JARDÍN BOTÁNICO

BELÉN NAVIDEÑO: Un año más, los trabajadores del jardín botánico ponen en marcha esta original propuesta educativa, en la que se incorpora una temática ambiental, histórica, cultural, etc., aprovechando el montaje de un Belén tradicional. Este año el tema elegido es el aniversario del nacimiento de Charles Darwin y de la publicación de su obra maestra: “El Origen de las Especies”.
BELÉN NAVIDEÑO PARA COLEGIOS E INSTITUTOS: Junto al Belén se instalan una serie de mesas-taller complementarias a la explicación adaptadas a los distintos niveles educativos, desde infantil a bachillerato. Es imprescindible concertar la visita previamente y para ello podéis llamar al teléfono directo del Área 957 294312 en horario de martes a viernes, de 10 a 14 h.


viernes, 4 de diciembre de 2009

Copenhague, paludismo y evolución

A mediados de agosto de 2009 un equipo de científicos, con el biólogo evolucionista Francisco Ayala a la cabeza, comprobó que el paludismo o malaria pasó de los chimpancés a los humanos en una fecha comprendida entre los 2-3 millones de años y el comienzo del neolítico, hace unos 10.000 años. La causa de esta enfermedad es la infección por un protozoo denominado Plasmodium, transmitido a las aves, chimpancés y humanos mediante la picadura del mosquito Anófeles.


Imaginémonos la siguiente escena en el continente africano, hace varios cientos de miles de años. Un homínino (en la jerga actual) se acuesta entre las ramas de un árbol próximo a un río, después de una “dura jornada” de caza o de recolección. Mientras duerme, un mosquito hembra, que acaba de picar a un chimpancé, se le acerca atraído por el calor de su cuerpo o por alguna sustancia volátil emanada de su hirsuta piel. Viajemos ahora al interior de su cuerpo. Al picarle le inocula en la sangre varios individuos de una especie de Plasmodium a la que vamos a denominar P1. Éstos se multiplican en su hígado. Algunos encuentran una nueva forma de anclarse en los glóbulos rojos de la “víctima”, permitiéndoles penetrar en ellos y reproducirse de nuevo en su interior de una manera un poco más eficiente. El proceso ira “mejorando” durante miles de generaciones y millones de picaduras. Vamos a llamar P2 a este nuevo parásito más agresivo. Hace 10.000 años, con la formación de asentamientos más grandes y estables, la enfermedad comenzó a extenderse sin freno entre los seres humanos.

Los investigadores han descubierto este parentesco evolutivo comparando las moléculas de ADN de ambas especies. La P2 o Plasmodium falciparum, responsable de la mortalidad en los humanos, es un descendiente de la P1 o Plasmodium reichenowi, la de los chimpancés. Se ha originado mediante varias mutaciones al azar en el genoma de la versión original y la selección de los microbios mutantes mejor dotados para reproducirse dentro del cuerpo humano y del mosquito. Esto es evolución en el sentido más darwiniano: La supervivencia de los más aptos. Paralelamente, los homininos (incluyendo los humanos actuales) han sobrevivido a la enfermedad utilizando los mismos principios evolutivos: Diversidad genética, selección natural y reproducción de aquellos individuos más resistentes; los que, a la postre, logran transmitir a su descendencia esta ventaja adaptativa. Pero no parece que hayamos tenido mucho éxito a juzgar por los cientos de millones de personas afectadas y los 3 millones de muertes anuales (¡un niño cada 30 segundos!). La gripe H1N1 es, a su lado, un banal resfriado.

La historia del descubrimiento de los mosquitos como vehículos de ciertas enfermedades infecciosas es un caso especial de chiripa con muy pocas dosis de ética, como veremos. En 1880, el médico francés Charles Laveran encontró individuos de Plasmodium falciparum por primera vez en la sangre de una persona afectada por la malaria. Dos años después, el inglés Ronald Ross encontró el microbio, tras una persecución que se nos antoja implacable, en el contenido del estómago de un mosquito que acababa de picar a un enfermo. No obstante, esto no era suficiente, ya que había que probar que la enfermedad se debía a la picadura del mosquito. Para ello, metió en una misma jaula pájaros sanos y enfermos de malaria aviar, sin que hubiera nuevos contagios. Cuando introdujo los mosquitos junto a las aves, los pájaros sanos comenzaron a enfermar. Poco después, tres italianos, Grassi, Bignami y Bastianelli, consiguieron que varios mosquitos procedentes de áreas palúdicas picaran a un ciudadano voluntario con trastornos nerviosos crónicos –cómo le convencieron parece un capítulo oscuro de la Historia de la Medicina-. La aparición de la enfermedad en el paciente confirmó lo que se sospechaba.

Según la Agencia Española de Meteorología, agosto de 2009 ha sido el tercer mes más cálido en la Península, desde 1961. Su segunda quincena posee el récord de “calor” de los últimos cincuenta años, en el centro peninsular, Extremadura y noroeste de Andalucía. Los científicos predicen que la malaria y otras enfermedades infecciosas adquirirán un nuevo protagonismo debido al calentamiento global que evidencian estos bochornosos datos estivales. Los estudios revelan, provisionalmente, que en países como España o Inglaterra aumentarán de manera significativa los casos de paludismo, como consecuencia del aumento de la población de mosquitos y de la supervivencia del protozoo en estas nuevas condiciones medioambientales. Pero esto ya no es casualidad, sino los efectos de un desastre anunciado desde hace varias décadas y que sólo ahora algunas administraciones están pensando en mitigar. La cumbre de Copenhague aguarda impaciente a que los políticos se pongan de acuerdo en la reducción drástica de las emisiones de los gases de efecto invernadero. Esperemos que no sea demasiado tarde.

Diario Córdoba (2.12.09)

jueves, 1 de octubre de 2009

ECOTROLAS

La ecobola y la ecoducha son dos propuestas “naturales” para lavar la ropa sin detergente y ducharnos sin jabón. Ambas se basan en el poder beneficioso de los iones negativos. La generación de éstos se consigue, en la ducha, micronizando el agua; es decir, haciéndola pasar por un tamiz con un diámetro de poro muy pequeño. La ecobola contiene bolitas de cerámica emisoras de rayos infrarrojos que rompen las combinaciones de hidrógeno del agua y aumentan su movimiento, incrementando así su poder de lavado. Ambas tienen también un poderoso efecto bactericida y fungicida. Los beneficios son múltiples: Ahorro de agua, detergente, jabón y geles; reducción de la contaminación y mejora de nuestra salud, ya que la ducha previene contra la caspa, el acné y la caída del cabello y alivia, entre otras patologías, la dermatitis y la psoriasis. ¡Una maravilla!… Si fuese verdad.

Pero, ni existen ensayos clínicos respecto a las bondades de los iones negativos ni pruebas que confirmen los beneficios para la salud de la ecoducha. Y, aunque las bolitas de cerámica emiten radiación infrarroja (como un periódico o usted mismo, atento/a lector/a), no ionizan las moléculas de agua. Tampoco lo hace su micronización. ¡Menos mal! Si así fuera, se formarían radicales libres de oxígeno, unos agentes muy oxidantes que podrían provocar alteraciones en las células de la piel y de las vías respiratorias. Por tanto, seguiremos necesitando el jabón, con su diseño molecular perfecto (muy natural, por cierto): Por un lado se une a las moléculas de grasa y, por el otro, a las de agua, arrastrando la suciedad con el lavado. Y para cumplir con creces con la higiene y la limpieza, sin cometer “pecado” contra Gaia, bastaría con echar menos detergente a la colada, lavar a menor temperatura y ducharse en vez de bañarse.

Los tres principios anteriores: Reducir el consumo, propiciar la salud y cuidar el medio-ambiente sustentan el consumo ecológico y responsable. Gracias a la aparición de estas nuevas sensibilidades y conciencias, lo ecológico se está poniendo de moda (¡cara!). Hay incluso avances tecno-ecológicos, como lavadoras y coches. Por eso, en este nuevo contexto social, es necesario definir con rigor lo que significa este concepto. En alimentación tenemos ya un referente. Es la agricultura ecológica (biológica u orgánica): Un método de producción agrícola y ganadera caracterizado por el mantenimiento de la biodiversidad de los ecosistemas y la fertilidad del suelo, que excluye el uso de productos químicos de síntesis tales como abonos, fertilizantes y biocidas (herbicidas, insecticidas, etc.), así como el de organismos modificados genéticamente. Esto no significa una vuelta al pasado, sino un paso más en la aplicación del conocimiento científico global al medio-ambiente y a la salud. En otras áreas de consumo existe la denominada “etiqueta ecológica”, cuyo objetivo es la promoción de productos que pueden reducir los efectos ambientales adversos, en comparación con otros productos de la misma categoría. Así, bajo estos puntos de vista más estrictos y regulados, pocos bienes de consumo son realmente ecológicos. La mayoría son “ecotrolas”, auténticos camelos que se esconden muchas veces bajo el término natural, disfrazados de un lenguaje pseudo-científico, para dotar al mensaje de mayor rigor y seriedad. Y de paso, darnos el sablazo.

Los productos procedentes de la agricultura ecológica son más nutritivos y saludables que los convencionales. Hay estudios independientes que lo avalan. Pero, a sabiendas de que esta opinión será refutada por los negacionistas más recalcitrantes y la siguiente por los verdes más “iluminados”, también he de decir que lo natural no siempre es beneficioso. Hace decenas de miles de años los seres humanos descubrimos el fuego. Desde entonces hemos dado pasos de gigante en nuestra evolución cultural. La comida cocinada nos ha permitido aprovechar mejor los alimentos, almacenarlos, transportarlos, facilitar su digestión, eliminar sus microorganismos, neutralizar ciertas sustancias tóxicas, etc. Sin embargo, la moda crudista está en auge y no es una forma de alimentación saludable. También lo están las “medicinas naturales” (reiki, biomagnetismo, gemas curativas, etc.), pero muy pocas de estas terapias se basan en resultados contrastables y reproducibles, aunque tal vez posean efecto placebo. El engaño se cuela en nuestras vidas cuando asumimos el consumo como una religión: Con una fe ciega en las fuentes de información, agravada por la falta de cultura científica y de su valor añadido: el espíritu crítico.

Sin embargo, a pesar de que pocas cosas son ecológicas, en el sentido legal del término, sí podemos hacer algo por nuestra salud, el medio-ambiente y las generaciones presentes y futuras: Consumamos menos y de forma más inteligente, solidaria y comprometida, para legar a nuestros nietos/as, a todos los nietos/as del planeta, un mundo mejor. Ésta es la esencia de la sostenibilidad.

Diario Córdoba 30.09.09

jueves, 18 de junio de 2009

MORGAÑOS

Cuando éramos niños, mi buen amigo Jacinto me asustaba recordándome la existencia y terquedad de un extraño animal que, cuando lo molestabas en su madriguera, comenzaba a perseguirte y no paraba jamás. Lo llamaba "morgaño", como las arañas patilargas extremeñas. No sé si se refería a ellas este aprendiz de mago o pensaba como yo, en algo más peludo y con rabo.

Hoy sé muy bien lo que son estos testarudos seres, creados por la imaginación de mi particular clon de Harry Potter. Los he vivido en carne propia y en la de mis alumnos/as, herederos intelectuales de la "extinta" EGB y de las actuales ESO y Bachillerato. Son esas ideas erróneas que se meten en la cabeza y te persiguen durante gran parte de tu vida. Los docentes intentamos detectarlas para tratar de modificarlas por otras más acordes con la Ciencia (en esto consiste aprender). Muchas veces resulta imposible y, como la gran piedra de la colina de Sísifo, vuelven a rodar por el escenario escolar, cuando parecía que habían sido abandonadas.

Todos tenemos nuestros morgaños personales. Algunos no sabemos ni que nos acosan. Éstos son los peores. Beben en nuestras convicciones más profundas y se resisten a abandonar las profundidades neuronales. Son la esencia y la herencia cultural. Todavía intento desembarazarme de unos cuantos. Pero no lo consigo del todo. Constituyen el equipaje mental sobre economía, política, sociedad, relaciones humanas, Ciencia, etc. y son muy útiles para la vida. ¡Pero un lastre para cambiar y adaptarse!

Son muchas las ideas "erróneas" con las que el alumnado atraviesa las puertas de entrada y, peor aún, ¡de salida! de la ESO. Y en esto radica el problema. Su persistencia constituye un bloqueo que impide la comprensión de nuevos hechos y procesos, así como el aprendizaje de ideas más complejas. Una de ellas es la respiración, un concepto que se “implanta” en la escuela primaria, despojado, obviamente, de toda referencia a los procesos celulares y a la producción de energía. Por eso el alumnado cree que respiramos para purificar la sangre. Es decir, al respirar tomamos oxígeno y expulsamos dióxido de carbono, con lo que la sangre se limpia o purifica. La creencia comienza a cuestionarse cuando se les pregunta cómo es posible que se recupere un “ahogado” mediante el “boca a boca”, si lo que le introducimos en sus pulmones es sólo dióxido de carbono. Lejos de reanimarlo, de esta forma lo remataríamos. Un tratamiento inteligente de la respiración, que incluiría algunas experiencias y el concepto de difusión de gases a través de los alvéolos, debería conducir a lo siguiente: Inspiramos aire rico en oxígeno (21 %) y lo espiramos un poco más pobre (16 %), porque la sangre que circula por los alvéolos se queda con una parte de este gas para que nuestras células respiren. Por eso es efectiva, en algunas ocasiones, la ventilación pulmonar “boca a boca”. Por eso y porque insuflando aire generamos las presiones alveolares necesarias para la ventilación. Por el contrario, espiramos aire con más dióxido de carbono (4%) que el inspirado (0,03%). Este gas está en la sangre de paso, procedente de la respiración de nuestras células.

Otra idea, vinculada a la anterior, hace referencia a la respiración de las plantas, que el alumnado concibe como un proceso nocturno, contrario a la fotosíntesis. Las plantas también respiran y con ello producen energía a expensas del oxígeno y de los hidratos de carbono que han fabricado, expulsando dióxido de carbono, tanto de noche, ¡como de día! Esta noción, que los alumnos/as mayores consiguen verbalizar muy bien, pero no asimilar completamente, les lleva a suponer y a justificar que no es bueno tener plantas por la noche en una habitación, ya que nos roban el oxígeno. Para comenzar a cambiar esta idea propongo a mis alumnos/as que piensen en sus padres (o en otras parejas), que duermen juntos y que no han aparecido asfixiados al día siguiente de empezar a vivir sus noches en común, a pesar de “robarse” el oxígeno mutuamente.

Las ideas precedentes constituyen una aproximación a la Ciencia del alumnado y al quehacer diario en la escuela, en el que las experiencias prácticas, si pudieran realizarse, jugarían un papel decisivo en esta lucha constante contra la pereza y la inercia intelectual. Recuerde el lector el viejo aforismo: Me lo explicaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí. Los morgaños de la escuela y de la vida te abrazan y te dejan de la misma manera.

DIARIO CÓRDOBA 17.06.09