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domingo, 12 de abril de 2009

EN RECUERDO DE JESÚS TEJEDERAS DORADO

Aún a riesgo de copiarme a mi mismo, amigo Jesús, quisiera dedicarte este nuevo rincón de reflexiones sobre Ciencia. Y voy a hacerlo aprovechando las palabras que pronuncié la noche en la que la Asociación Profesorado de Córdoba por la Cultura Científica te nombró socio de honor. Sólo pretendo que el navegante que atraque unos minutos en este puerto digital, conozca tu labor en favor de la Cultura.
Como recordarás, nuestro singular y pequeño universo asociativo nació hace cuatro años, de una explosión de inconformismo, debido a la situación que atravesaban (y aún atraviesan) las enseñanzas científicas. Fue fruto del azar, mientras rellenábamos el vacío producido por la ausencia de un ponente a una sesión trabajo en el CEP. (A veces me pregunto si seríamos lo que somos si aquella tarde no hubiésemos rellenado el tiempo y el espacio con nuestras quejas docentes).
De aquellos comienzos contestatarios nos llega su radiación de fondo, como un eco del pasado. Son tus primeras intervenciones, ofreciéndote de nexo entre la Agrupación Astronómica de Córdoba y el universo reivindicativo y divulgativo que acababa de nacer.
Desde su constitución como colectivo, en el año 2005, participaste o estuviste al frente de muchas de sus actividades, como los tres primeros Paseos por la Ciencia, varias observaciones del cielo nocturno, visitas, tertulias, conferencias, etc. Siempre fotografiando y colgando instantáneas en la red para inmortalizar cada evento. O indicando, con tu puntero láser, las metas y desafíos a perseguir, como las estrellas en el firmamento. O ayudándonos a analizar los problemas con tu potente telescopio mental.
Pero siendo toda esta actividad en sí misma un derroche de ilusión, energía y trabajo, creo que representas algo más en nuestra asociación. Formas parte de su esencia, como los quarks dentro de la estructura de los átomos, aprovechando la estela cosmológica de esta semblanza repetida, que va de lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño.
Hoy sabemos que hay varios tipos de quarks, con nombres más extravagantes aún que el de la propia partícula: Arriba, abajo, extraño, encantado, fondo y cima. Tú eras (eres aún en nuestras mentes inquietas) cualquiera de ellos y todos a la vez.
Como profesor de inglés y amante de la Astronomía, aglutinaste en tu persona el saber del Renacimiento: El maridaje de las Ciencias y las Letras. Una integración que defendemos como colectivo, pero que no deja de ser algo extraño en nuestro días.
Tu mayor afición estuvo arriba, en la cima, en el firmamento. Nos traías el brillo de las estrellas y la tenue neblina de las galaxias desde la bóveda del cielo nocturno y nos la servías en bandeja, en sentido figurado y literal (gastronómico).
Fuiste crítico con la situación actual de las enseñanzas científicas e impulsaste medidas para mejorarlas desde abajo, desde el fondo del sistema educativo, como docente comprometido con la educación y la Ciencia.
Fuiste también un gran divulgador del conocimiento científico, transmitiéndolo con entusiasmo a cuantos te conocieron, consciente de que el mensaje de la Ciencia ha de estar cargado de emoción y que solo así es posible interiorizarlo. De ahí viene el encanto con el que nos seducías a los que tuvimos la suerte de escuchar tus historias sobre el cosmos.
Desde el pequeño estallido de nuestra asociación, su “little-bang”, insuflaste materia y energía en nuestro sueño, que no es otro que el de “restar ignorantes a la incultura y sumarlos al tren del progreso y de la libertad”, como nos propuso Manuel Toharia una tarde de febrero del año 2007.
El 18 de mayo de 2008, el "cielo que te encendieron las noches cordobesas" se apagó para siempre, pocas horas después de contemplarlo esquivo desde la terraza del hotel donde te nombramos socio de honor y te abrazamos, sin saberlo, por última vez.
No olvidaremos tu último deseo, aquella noche:
"Y deseo terminar haciendo una invitación a DESCUBRIR EL CIELO. Os va a liberar de las tensiones a que este tipo de vida nos obliga. El cielo nos sitúa en la Naturaleza, en plena libertad, en un reencuentro con nuestra conciencia (...). Enamoraos otra vez de vosotros mismos. Mirad a vuestro interior: eso es al final lo que permanece."
Como tu luz, que se esparce por doquier iluminando el año de la Astronomía, que con tanta ilusión comenzaste a preparar antes de tu marcha.

Córdoba, a 18 de mayo de 2009.

CAZADORES DE SUEÑOS

“¡Clapham Road!” Anunció en voz alta el conductor del omnibús que circulaba por las desiertas calles de Londres. Era una tarde de verano de 1854. El aviso despertó de su ajetreada siesta a un joven químico. Había estado soñando con átomos “caracoleando”, unidos en parejas, tríos, cuartetos y cadenas que giraban vertiginosamente ante sus ojos. Así nació la teoría actual sobre la estructura de los compuestos de carbono. O al menos, así lo contaba en 1890 su progenitor, el arrepentido estudiante de arquitectura y famoso químico alemán, Fiedrich A. Kekulé (1829-1896). Pero las musas de la Ciencia no abandonaron sus cabezadas vespertinas. En 1864, tras dos años de esterilidad profesional por la muerte de su esposa en un parto, descubrió la enigmática estructura hexagonal del benceno. Fue durante otra de sus visiones oníricas: Hileras de átomos retorciéndose como serpientes, mientras una de ellas, la que representaba al benceno, se mordía la cola burlonamente. “Aprendamos a soñar”, dijo en un discurso. “Pero guardémonos asimismo de publicar nuestros sueños hasta que no hayan sido examinados por la mente despierta”, concluyó. Buen consejo para los amantes de las patentes.

Los sueños cumplen una función biológica y psicológica fundamental. Diversos experimentos confirman que sirven para consolidar la memoria en los animales, incluidos los humanos. Como toda nuestra actividad nerviosa, los sueños se fabrican con electricidad y química: “Chispazos” que viajan como un rayo a través de las neuronas y moléculas que se liberan entre ellas o en sus “contactos” con los músculos. Esto último lo descubrió el fisiólogo austriaco Otto Loewi (1873-1961) soñando dos noches seguidas con la misma idea esquiva, en la primavera de 1921. Durante la segunda visualizó un procedimiento experimental para determinar si la hipótesis sobre la transmisión química entre nervios y órganos, formulada hacía 17 años, era cierta o no. Tras despertar a media noche, se levantó de inmediato, fue a su laboratorio y realizó un trascendental y sencillo experimento con varios corazones de rana y soluciones salinas, siguiendo el método proporcionado por Morfeo. Así descubrió que en la transmisión del impulso nervioso interviene la acetilcolina, una sustancia aislada previamente por su colega Dale. Los dos científicos recibirían el premio Nobel en 1936. Y de este hallazgo al Prozac y a otros tratamientos, gracias al descubrimiento y modulación, mediante fármacos, de decenas de neurotransmisores que permiten a las neuronas “hablar” entre ellas a través de las sinapsis.

Los neurotransmisores son compuestos químicos. Es decir, agrupaciones de átomos de varios elementos que “dibujan” las estructuras soñadas por Kekulé. Por aquellos años sólo se conocían unas pocas decenas de elementos, clasificados en familias según sus propiedades físico-químicas. Pero faltaba una ordenación definitiva que explicase la periodicidad de estas propiedades. Se habían hecho varios intentos, hasta que Dmitri Mendeléyev (1834-1907) encontró las claves con una baraja de cartas en el fondo del cajón de los sueños. Para ello utilizó los sesenta y tres naipes correspondientes a otros tantos elementos identificados hasta entonces y los dispuso en las paredes de su laboratorio, ordenándolos una y otra vez, con el fin de encontrar la regla que explicase el caos aparente. Y así, una tarde de 1868, durante una de sus habituales siestas (¡bendito descanso a la española!), contempló cómo las cartas iban cayendo una a una en su lugar. Al despertar las dispuso en siete grupos sobre la mesa, como en un solitario. Uno por uno fue colocando todos los elementos químicos, dejando huecos para los que aún no se habían descubierto: De arriba abajo, los átomos con propiedades semejantes; de izquierda a derecha, según la variación progresiva de esas mismas propiedades y desde el principio hasta el final, por su creciente peso atómico.

Mendeléyev era un científico pragmático y preocupado por el progreso social. En cierta ocasión sentenció que podríamos vivir sin Platón, pero que necesitaríamos el doble de Newtons para descubrir los secretos de la naturaleza y vivir en armonía con sus leyes. No hay que llegar tan lejos en este radical abandono de las “Letras”. En pleno siglo XXI sólo necesitemos que se cumpla otro sueño: Más Cultura Científica para comprender el mundo y actuar en él de forma responsable y solidaria.


domingo, 4 de enero de 2009

LAS CIENCIAS EN EL PUNTO DE MIRA

Hace varios meses expuse, en una colaboración publicada en el diario Córdoba (Cola de lagartija, 20.8.07), que las objeciones de la Conferencia Episcopal a la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (EpCyDH) no eran sino una tapadera para proteger su más preciado tesoro: la enseñanza de la religión en los centros sostenidos con fondos públicos. Finalizaba el artículo con una pregunta premonitoria: ¿También plantearán objeción de conciencia a todas aquellas áreas que desarrollen transversalmente los contenidos de esta asignatura?
Hoy la pregunta adquiere una nueva y esperada dimensión, al publicarse en los medios de comunicación la queja y posible objeción a la nueva asignatura Ciencias para el Mundo Contemporáneo (CpMC), obligatoria para todos/as los alumnos/as de 1º de bachillerato. La Federación de Enseñantes Religiosos (FERE) y la de las AMPAS afines a la Iglesia (ICAR) la creen innecesaria, porque en ella se tratan "convicciones morales sobre temas no compartidos", como el uso de células madre, la clonación, la fecundación in vitro y el evolucionismo, y puede convertirse en un instrumento para "adoctrinar" (Diario Cordoba, 4.6.08). A mi juicio, se trata de una posición retrógrada, separada por una delgada línea de la contundente potencialidad de la famosa sentencia de Víctor Hugo: “En todo pueblo existe una antorcha, el maestro; y un extintor, el párroco”.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿De dónde han conseguido estos profesores/as, padres y madres la fuerza necesaria para plantear un acoso tan brutal a la Cultura Científica? La respuesta es evidente. Se nutren del espíritu zapatero: Una concepción capciosa de la aconfesionalidad del Estado que nos ha conducido al mantenimiento de las religiones en las escuelas, al aumento del porcentaje del IRPF para el sostenimiento de la ICAR y al penúltimo jarro de agua fría derramado sobre el laicismo: El rechazo de la propuesta de eliminación de los símbolos religiosos en las ceremonias oficiales.
Cuando la Conferencia Episcopal lanzó su órdago animando a objetar la asignatura EpCyDH; la FERE, contraria a una postura tan radical, arrancó del gobierno el derecho a adaptar la nueva asignatura al ideario del centro. Y así, los contenidos iniciales, coherentes con una Ética universal, quedarían mutilados sensiblemente en lo referente a la familia, para adaptarlos a la “antropología cristiana”. Se abría así la puerta a una gran diversidad de planteamientos éticos contradictorios, reflejados en diferentes libros de texto. De esta forma podrían obviarse en un colegio católico la filosofía de género (el que elige la persona), el matrimonio homosexual, las relaciones prematrimoniales o la anticoncepción, por ejemplo. O considerarlos pecado mortal, sin posibilidad de debate ni contestación.
En Andalucía las cosas se complicaron un poco más en abril de 2008 cuando el Tribunal Superior de Justicia aceptó, parcialmente, los planteamientos de cinco padres y madres sevillanos (algunos, miembros del PP) y anuló el desarrollo de los contenidos de varias áreas del currículo referidos a la ideología de género, las relaciones homosexuales y las opciones vitales, por su incompatibilidad con la neutralidad obligada del Estado, rechazando el recurso contra los que se referían a otros temas relacionados con las células madre o la clonación, por ejemplo (¡qué alivio!). No sabemos qué consecuencias tendrá para el futuro de esta y otras asignaturas la sentencia andaluza, ya que está recurrida por la Consejería de Educación y no coincide con las sentencias dictadas en otras CCAA.
Las Ciencias son la antorcha que ilumina el pasado, el presente y el futuro de nuestra especie. Representan el fruto de la lucha del ser humano contra los mitos. La nueva asignatura viene a paliar en parte el déficit de formación científica que arrastra el alumnado de la ESO y contribuirá a forjar ciudadanos/as más cultos e informados, algo más comprometidos, libres y responsables, capaces de adoptar decisiones individuales y colectivas de forma autónoma, racional y fundamentada, respecto a los retos y dilemas que la Humanidad tiene planteados. No me extraña que determinadas fuerzas reaccionarias pretendan sofocar su impulso liberador y democrático.
La Cultura Científica se convierte así en una amenaza para los que se creen investidos de la verdad absoluta. Pero si ésto es así, ¿por qué no negar el conocimiento científico desde el principio de la escolaridad, cuando los niños/as y niñas son más vulnerables? ¿Por qué no impedir también el aprendizaje de la evolución, del big-bang o del funcionamiento del cerebro a partir de moléculas y electricidad, en las clases de Ciencias Naturales? ¿Por qué no volver a explicar al alumnado, como hace sesenta años, que hay una especie de fantasma en nuestra máquina, el alma, con sus tres potencias: La memoria (plasmada en parte en la Biblia, fuente de toda moral), el entendimiento (iluminado por la fe) y la voluntad (de seguir viviendo en la Edad Media)?
Blog Escuela Laica de Córdoba
20.06.08

miércoles, 22 de octubre de 2008

LINNEO Y EL SEXO

Phallus impudicus

Hay unos cuantos términos científicos, no anatómicos, que poseen connotaciones sexuales. Por ejemplo: Corrimiento de tierras, polvo estelar, climax, etc. Su utilización en clase genera siempre murmullos y algunas sonrisas cómplices. En cierta ocasión su uso trascendió hasta una sesión de evaluación de 4º de la ESO, cuando un reducido grupo de alumnos/as lo consideró un poco “escandaloso”. Este atrevido rincón de la ciencia también está dedicado a ellos/as.

La nomenclatura científica es binomial. Cada especie se identifica con un nombre y un “apellido” latinos (o con raíz grecolatina). El primero es el Género y el segundo es el descriptor específico. En muchas ocasiones se añade también una o varias letras y un número, para indicar el nombre de la persona que la catalogó y el año en el que lo hizo. Para ilustrarlo, hablemos de un voluptuoso hongo y de una planta gigante.

El primero habita en rincones húmedos de nuestros bosques, ricos en materia orgánica en putrefacción. Es una seta hedionda que sorprende por su morfología. Sus ejemplares maduros poseen una estructura característica que podríamos describir con detalle. Pero no hace falta. Para obtener una fotografía mental rápida de su aspecto nos basta con el nombre que el botánico John Gerard le puso en 1597: “fungus virilis penis effigie”. Posteriormente sería rebautizado por Carl Linneo, de quien nos ocuparemos más adelante, como Phallus impudicus, por su forma y “actitud” poco recatada. Es comestible en su fase más juvenil.

Como un falo, pero deforme y monstruoso, es la inflorescencia (espádice) de Amorphophallus titanum Becc., una alienígena planta tropical. Su espádice, de vida efímera, crece a razón de 10 cm diarios, alcanzando más de 2,5 m de altura. Su olor a carne descompuesta atrae a las moscas que depositan sus huevos sobre cadáveres, facilitando así el proceso de polinización. Un juego de engaño y confusión con el que la Naturaleza nos sorprende una vez más.

El sueco Carl Linneo (1707-1778) es el padre de la Taxonomía moderna. Ideó este sistema binomial para poner orden en el caos reinante, ya que la misma especie podría ser nombrada de manera diferente por los naturalistas, en función de las características que quisieran destacar. Es autor del Systema Naturae, un extenso catálogo de animales, plantas y minerales, que pasó de once páginas, en 1735, a más de tres mil, en su última edición de 1770. Siendo muy joven sufrió las críticas de sus contemporáneos por la naturaleza sexual de su clasificación botánica, en un mundo académico regido por la moral y las buenas costumbres. Por aquella época, a pesar de que se conocía, desde 1694, la naturaleza sexual de la reproducción floral, la Botánica era considerada una Ciencia delicada, femenina y sublime, porque acercaba al ser humano a la maravillosa obra del Creador, plasmada en la belleza y pureza de las flores. Todo cambió cuando este osado botánico comenzó a comparar los diferentes elementos florales con el sexo de varones y hembras: Anteras con testículos, filamentos con conductos seminales, pistilos con vulvas, vagina con estilo y cáliz con lecho nupcial o tálamo. En su taxonomía incorporaba nombres y descripciones que parecían extraídas de un cuento erótico: “Clase Poligamia. “Los maridos (estambres) con sus esposas y concubinas (pistilos) cohabitan en diferentes tálamos (…)” Muchos de sus contemporáneos la consideraron pornográfica y poco científica. El botánico Johann Siegesbeck, director del Jardín Botánico de San Petesburgo, la calificó como “aborrecible prostitución”. Desde entonces una mala hierba lleva su nombre: Siegesbeckia.

Linneo nombró y describió unas 7700 plantas y 4400 animales. Por ejemplo, englobó bajo el género Clitoria a un conjunto de plantas leguminosas cuya flor recuerda al órgano sexual femenino. Clitoria cordubensis es una de ellas… Pero crece en Argentina. Y no sólo se fijó en su aspecto. Bautizó una hierba, caracterizada por su mal olor, con el nombre de Chenopodium vulvaria (no sabemos nada sobre la naturaleza íntima de sus observaciones). En cuanto a la fauna, denominó Crepidula fornicata a una lapa que construye cadenas de hasta doce individuos, con una hembra de gran tamaño en primer término. A esta “orgía lineal” se le van pegando sucesivamente machos con largos penes, que se transforman en hembras hacia la mitad. Pero su nombre no responde a su azarosa vida sexual, desconocida por el científico sueco. Se debe a la forma curvada de su concha (del latín fornix, arco o bóveda), en recuerdo de las cámaras abovedadas situadas en los bajos de los grandes edificios romanos, donde las prostitutas ejercían su oficio: fornicar.

La Taxonomía es la ordenación jerárquica de la inmensa biodiversidad existente, encerrada, desde Linneo, en dos nombres. Como hemos visto, unos pocos poseen alusiones directas al sexo. Y es que la Ciencia es una actividad humana. Como “el comer”… Y todo lo demás.


lunes, 2 de junio de 2008

LOS INOCENTES

Recientemente se ha descubierto en la Universidad de California que las placas de proteína beta-amiloide del Alzheimer se forman mucho más rápido de lo que se pensaba. Los experimentos se han realizado in vivo en ratones transgénicos, unos “parientes evolutivos” que comparten con nosotros el 80 % del genoma (incluyendo el gen de esta enfermedad) y el sistema límbico (emocional), a los que se les ha taladrado el cráneo para ver, a través de una ventana milimétrica, el deterioro de su diminuto cerebro. Se trata de un descubrimiento que puede tener importantes consecuencias clínicas, puesto que si es tan rápida la formación de las placas y tan lenta la aparición de los síntomas, una intervención a tiempo serviría, probablemente, para atajar el progreso de este terrible mal.

Pero no es esta enfermedad neurodegenerativa el eje de esta colaboración, sino la utilización de animales en investigación. Un tema que pasa casi desapercibido para la opinión pública, pero que impulsa a los defensores/as de los derechos de los animales no humanos a luchar con corazón y coraje y, en muchas ocasiones, con “cabeza”, por la abolición de estas crueles prácticas. La utilización de animales en los laboratorios ha sido fundamental para el desarrollo de la medicina. En 1889, los alemanes Minkowski y von Mering abandonaron los pájaros y comenzaron a extirpar páncreas en una especie más próxima, el perro, para comprobar su efecto sobre la digestión de las grasas. Y tuvieron un éxito inesperado cuando desvelaron la relación de este órgano con la diabetes. Luego Banting, McLeod y Best, rajando vientres e inyectando extractos en inocentes criaturas, descubrieron la insulina. Un paso decisivo en el ascenso de la Humanidad por la escalera del conocimiento… ¡Y de las terapias! Estime el lector cuántos millones de personas se han beneficiado desde entonces.

La lista de áreas en las que se realizan experimentos con animales es muy amplia: aprendizaje de técnicas médico-quirúrgicas, mutagénesis y carcinogénesis ambiental, fisiologías humana y veterinaria, toxicidad de productos de consumo, prácticas de biología, xenotransplantes, psicología humana, ensayos farmacológicos, etc. Pero pensemos por un momento en la prueba Draize realizada en un conejo albino, consistente en verter en sus ojos, varias veces al día, un cosmético, un champú, un abrillantador de suelos o un detergente. Imaginemos sus intentos fallidos por escapar de esta tortura mientras nos mira con sus grandes ojos inflamados, ulcerados y ensangrentados. O veamos a través de una ventana digital el maltrato y la muerte de miles de perros, ratas y monos sometidos a agentes químicos, bacteriológicos y radiaciones, como inocentes sparrings en el cuadrilátero macabro de los juegos de guerra.

¿Dónde están los límites? ¿Qué se puede hacer y qué es lo que no se debe hacer? ¿Con qué especies? ¿Para qué fines? Son interrogantes cuyas respuestas oscilan desde la prohibición absoluta, por considerarla un fraude científico y una aberración ética, hasta el todo vale para el progreso de la especie maltratadora. Y entre los dos extremos, un “lugar” entre la barbarie y la necesidad: Una norma que prohíba el sacrificio de especies a los que la evolución dotó de cierta capacidad para verse a sí mismos y lo permita en el resto, de forma indolora, únicamente si lo que se persigue es aliviar el sufrimiento humano o un avance significativo del conocimiento.

Afortunadamente, los movimientos en defensa de la dignidad animal ya han promovido algunos cambios en este sentido, como la aprobación de una Directiva Europea que prohíbe desde el año 2004, la experimentación con productos cosméticos acabados, y a partir del 2009, con sus ingredientes. En España, la normativa impone que los procedimientos empleados eviten el sufrimiento y la angustia del animal y se apliquen, en la medida de lo posible, en aquellas especies con menor sensibilidad neurofisiológica, prohibiéndolos expresamente si hay alternativas. En nuestra Universidad, el nuevo Servicio Centralizado de Animales de Experimentación es un avance en este sentido.

La Ciencia no puede permanecer al margen de este dilema ético y, además de investigar los diferentes grados de sensibilidad animal, para ampliar el catálogo de especies a proteger, debe seguir avanzando en el diseño de nuevos métodos incruentos, mientras emplea sistemáticamente los existentes: Cultivos de tejidos humanos, métodos físico-químicos, modelos informáticos, estudios epidemiológicos, observación clínica, cultivos de bacterias, autopsias y técnicas de imágenes.

Finalmente, los ciudadanos y ciudadanas podemos comenzar a hacer algo por cambiar la realidad. En este caso es muy fácil. En la próxima compra de productos de belleza, limpieza o higiene, busquemos un conejo saltarín entre dos curvas y otras tantas estrellas. Es el logotipo del Estándar de Cosméticos Humanitarios (HCS en inglés), lanzado en 1998, como una herramienta para boicotear las empresas que no respetan la vida.

(Diario Córdoba. 11.06.08)

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS CIENCIAS EN LA ESCUELA?

El saber científico es multidimensional. Está formado por conceptos, incluyendo los hechos, las teorías y las leyes; los procedimientos y métodos de la Ciencia y las actitudes y valores que lo sustentan y permiten sus aplicaciones dentro de los límites establecidos por una ética universal.
El conocimiento científico forma parte del acervo cultural de la Humanidad, construido colectivamente mediante la lucha del ser humano contra el Mito, para "arrancarle a la naturaleza sus secretos" y “repartirlos entre los hombres” (como dijo Gregorio Marañón, refiriéndose a Madame Curie). Es Cultura, imprescindible para el desarrollo integral del ser humano y una herramienta fundamental para interpretar el mundo y no quedar fuera del juego intelectual de nuestra época. Esta comprensión del mundo es, además, el sustrato para liberarnos de supersticiones; pseudociencias, como la ufología, astrología y demás "ciencias" ocultas; terapias milagrosas; fraudes; manipulaciones y engaños. Todo un universo de patrañas que se multiplican sin control por la red y la televisión y a las que Carl Sagan, en su libro "El Mundo y sus demonios", responsabiliza de una nueva edad oscura.
Las Ciencias nos informan de los riesgos ambientales y de sus consecuencias (inundaciones, tornados, huracanes, sequías, etc.); pueden predecir algunas catástrofes naturales con una cierta precisión (tsunamis, volcanes, deslizamientos, etc.) y nos desvelan qué zonas del planeta son más seguras y cuáles son más peligrosas para los asentamientos humanos.
Pero, además, nos facilitan la comprensión de las interacciones entre el ser humano y su medio: calentamiento global; agotamiento de los recursos naturales; falta de agua, energía y/o alimentos para abastecer a la población mundial; pérdida de biodiversidad; contaminación ambiental; etc.
Y derivado de de este conocimiento, sobre ellas descansa el conjunto de soluciones a los problemas medio-ambientales, cuando éstas satisfacen ciertos criterios éticos (la Ciencia construye “los saberes”, mientras que la Ética, “los deberes”): Un conjunto de soluciones racionales e imaginativas dentro de lo que conocemos como Desarrollo Sostenible, que no comprometa el futuro de las generaciones venideras y que garantice unos niveles de vida dignos para todos los ciudadanos/as.
Por otra parte, la medicina y la mayoría de los objetos y materiales de uso corriente son productos del desarrollo científico y tecnológico y nos están abriendo las puertas a un grado de bienestar sin precedentes, pero también a una serie de nuevos dilemas y retos (contaminación electromagnética, clonación, Ingeniería Genética, etc.) que hay que entender y valorar en su justa medida, buscando fórmulas compatibles con un modelo de desarrollo ajustado a los ciclos naturales, que garantice, además, el acceso a unas mejores condiciones de vida para todos los habitantes del planeta.
Dentro de este ámbito, las Ciencias fomentan actitudes y hábitos para el cuidado de la salud, así como conocimientos para hacer frente a los riesgos relacionados con la alimentación, el consumo, las drogodependencias y la sexualidad, proporcionando también las claves necesarias para comprender las nuevas tecnologías y sus posibles consecuencias para la salud y el medio ambiente. Con los últimos avances genéticos y neurobiológicos, las Ciencias nos están ayudando a redefinir la condición humana, situando a nuestra especie en el lugar que le corresponde en la naturaleza y de esta forma afrontar las nuevas perspectivas sobre la libertad, la mente y sus enfermedades, la felicidad, etc.
Por otra parte, la disminución del analfabetismo científico nos proporciona la mejor vacuna individual y colectiva contra el dogmatismo y el fanatismo religiosos y contribuye a la necesaria y efectiva integración cultural, étnica, lingüística, social y económica de los diferentes pueblos y naciones y, a largo plazo, al desarrollo económico y social de los países más pobres. Finalmente, la Ciencia, en general, pone en juego valores que le son inherentes: escepticismo; racionalidad, entendida como el poder de la razón para comprender el mundo; búsqueda de la verdad objetiva; participación de la colectividad en la construcción del conocimiento; rigor intelectual; debate y confrontación de ideas; provisionalidad; etc. Por todo ello, la enseñanza de las Ciencias contribuye a la formación de ciudadanos críticos, capaces de entender la complejidad del mundo y los cambios que estamos experimentando, a la vez que nos capacita para cuestionar las políticas de nuestros gobernantes y adoptar de forma autónoma, racional y fundamentada nuestras propias decisiones, facilitándonos la participación activa en la comunidad, como ciudadanos informados, comprometidos, libres y responsables. En definitiva, la socialización del conocimiento científico es la esencia de la democracia.
Y si esto es así: ¿Por qué los políticos deciden por ley que esta Cultura sea inaccesible para la mayoría del alumnado a partir de los 15-16 años? Buena pregunta en el año de la Ciencia.
(El Día de Córdoba. 03.03.07)

UN EXPERIMENTO A GRAN ESCALA

El papel de las Ciencias en el progreso de la sociedad es indiscutible. Lo sabe todo el mundo y, en particular, empresarios y gobiernos. Sin embargo, esta verdad de Perogrullo no se ve reforzada con políticas educativas que promuevan el mismo objetivo. Es decir, pretendemos aumentar los recursos en Ciencia y Tecnología (Zapatero, en El Mundo, el 26.06.05), sin formar el suficiente número de cerebros para llevar a cabo estas estrategias. ¿O tal vez pensamos importar investigador@s como juguetes made in Taiwan?

Y a nivel personal, ¿qué papel desempeña la formación científica en la educación del ser humano? ¿Podemos vivir en el siglo XXI sin el mapa que forman los conocimientos científicos, tan necesarios para entender el mundo y movernos por él con soltura?
Para respondernos a estas cuestiones y comprender mejor la importancia de la cultura científica en la formación de los ciudadanos/as, proponemos la realización de un experimento mental del tipo “El gato de Schrödinger”, en la que un felino, una partícula radiactiva y un veneno interactúan en el interior de una caja, bajo la mirada de un observador, que abre o cierra la caja a voluntad.Los “gatos” de nuestro experimento serán hombres y mujeres, mayores de edad, con una formación científica básica, actual y contrastada objetivamente.

El procedimiento experimental consistirá, primero, en borrar de sus mentes todo lo relacionado con ocho de las grandes ideas científicas del siglo XX, correspondientes a los diseños curriculares de 4º de ESO: Genes, Tectónica de Placas, Estructura del Átomo, Origen del Universo, Evolución de los seres vivos, Energía y Máquinas, Ecosistemas y Procesos Químicos. La segunda fase del experimento se basará en la observación de estos mismos sujetos, desprovistos de este poso cultural, enfrentándose a situaciones reales del mundo actual: clonación, células madre, terremotos, radiaciones, contaminación ambiental, drogas, naturaleza humana, ingeniería genética, sostenibilidad, sequía, cambio climático, crisis energética, industria química, energía nuclear, desequilibrios Norte-Sur, cáncer, explotación y distribución de los recursos, el ser humano en el universo, pérdida de biodiversidad, etc.

¿Cómo interpretarán el mundo? ¿Cómo se verán a sí mismos dentro de él? ¿Necesitarán recurrir a elementos mágicos para explicar el devenir de los acontecimientos? ¿Tendrán una opinión fundada en torno a estos temas y tomarán decisiones de forma razonada? ¿Serán capaces de participar y actuar responsablemente ante problemas relacionados con la cultura que les hemos negado? ¿Serán unos ciudadanos más libres y por tanto, más críticos?
No seamos ilusos. Alguna mente prodigiosa se nos ha adelantado y la investigación anterior ya se está llevando a la práctica, pero, esta vez, a gran escala. Forma parte del sistema educativo actual, que, utilizando como conejillos de indias a chicos y chicas de 12 a 16 años, está propiciando su salida de la ESO sin los conocimientos mínimos necesarios para entender el mundo que les está tocando vivir. Una generación a la que se les ha negado en las aulas, sistemáticamente, el acceso a estos conocimientos, con una prematura y falsa segregación en ciencias y letras, como si ambos saberes estuvieran sumidos en un combate reiterativo, a la manera del bachiller Carrasco contra el caballero de la Triste Figura, en el que el primero quiere apartar al otro de su heroica misión.

Aún estamos a tiempo de sacar al gato de Schrödinger de la caja y evitar que siga tomando el veneno de la incultura. Necesitamos un cambio de mentalidad en la sociedad y en la clase política, que el profesorado y los investigador@s debemos liderar, situándonos al frente de un movimiento en defensa de esta forma de Cultura, entendida no contra nada, sino a favor de una educación integral, en una sociedad compleja y cambiante.

(Diario Córdoba. 05.10.05)

domingo, 1 de junio de 2008

SENTIR LA CIENCIA

Vivimos en un mar de percepciones con las que construimos el catálogo de conceptos e ideas útiles para movernos por el mundo. Parte fundamental de esta carta de navegación son las herramientas conceptuales derivadas de las experiencias “científicas” a las que nos enfrentamos diariamente, desde calentar una sopa en el microondas, hasta interpretar un análisis clínico.

Los profesores/as las utilizamos a menudo con el fin de ayudar al alumnado a elaborar el cuerpo de conocimientos necesarios para entender nuestra naturaleza y la que nos rodea. Sin embargo, en muchas ocasiones olvidamos que, agazapados tras los conceptos y los procedimientos de la Ciencia, hay valores y sentimientos necesarios para la formación de ciudadanos/as informados, comprometidos y responsables. Visto de una manera más cinematográfica: Necesitamos conjugar la fría y vulcaniana razón del Sr. Spock, el famoso personaje de orejas puntiagudas de Star Treck, con las tórridas emociones humanas, mientras ayudamos a nuestros alumnos/as a elaborar su visión del universo. Por eso voy a ilustrar esta forma de encarar la educación científica con algunos sentimientos extraídos del manantial de vivencias autobiográficas.

El primero se pierde en mi memoria buscando cruzianas, unas huellas fosilizadas de artrópodos marinos que medraron hace unos 480 millones de años. Pocas cosas hay más conmovedoras que la percepción de una ingente cantidad de tiempo atrapada en una piedra, mientras contemplamos nuestra existencia como un estornudo diluido en esta inmensidad. Pero es muy difícil que una mente como la nuestra, adaptada a unas pocas decenas de años de vida, pueda concebir el abismo del tiempo geológico. Intentémoslo a la manera de Carl Sagan, trasladando la Historia de la Tierra a un almanaque. Así, una señora de 87 años hubiera comenzado su andadura vital 6 décimas de segundo antes de finalizar la Nochevieja, mientras que Colón hubiese descubierto América tan solo 10,5 segundos antes de las campanadas. Miremos retrospectivamente, con las uvas en la mano, un año a punto de expirar y situemos en él estos “hitos”. Y luego las cruzianas, petrificadas un 22 de noviembre. O los primeros seres vivos, que entraron en escena a mediados de marzo. ¡Qué vértigo!

Fue también hace unos treinta y ocho años cuando, tras regresar de un triste campamento infantil, cuidé de un camaleón en una gran maceta. Me pasaba las horas muertas observando sus cambios de color y su larga y pegajosa lengua capturando los saltamontes que regularmente le suministraba. Por aquel entonces, la belleza de este reptil, perfectamente diseñado para alimentarse y camuflarse, no me sugería nada más. El gran salto intelectual y emocional vendría después, cuando entendí el papel de la selección natural y de la adaptación al medio como causas de la evolución y de la diversidad de formas vivientes. De aquello queda una ilimitada admiración por la Ciencia, como fuente de respuestas a las preguntas de siempre, que hasta entonces permanecían colgadas de ganchos celestiales.

Más cerca del infierno, el 26 de abril de 1986, uno de los reactores nucleares de Chernóbil vomitó su carga letal y la esparció por casi toda Europa. La seguridad nuclear se derrumbó para siempre, dando la razón a los defensores del Sol verde y sonriente. Recuerdo vivamente el terror que experimentamos ante el poder destructor de la tecnología atómica. El mismo temor que siento cuando pienso en otros avances tecnológicos. Pero, a pesar de los desastres medio-ambientales, sigo valorando el esfuerzo de los científicos/as por reparar los daños causados y abrigo la esperanza de que la Ciencia (una nueva Ciencia), cabalgada por la Ética y la Justicia, sea capaz de “desfacer los entuertos” y posibilitar las políticas adecuadas para evitarlos y acercar a la Humanidad a un utópico Desarrollo Sostenible. Lo estamos comprobando hoy en día con la adopción de medidas (aún insuficientes) ante “la verdad incómoda” del calentamiento global.

Mi propuesta es sencilla: Se trata de emocionarnos con la Ciencia, tras ensanchar los horizontes del conocimiento; de abrir la ventana del “burka” que impone el analfabetismo y sentir el progreso científico. En definitiva, valorar la Ciencia como una empresa colectiva que transforma la realidad personal y social, con sus riesgos, pero también con todo su potencial para desvelarnos quiénes somos, conservar nuestro planeta y mejorar la calidad de vida de todos/as sus habitantes.

(Diario Córdoba. 13.02.08)

LOS OTROS

Existe el convencimiento de que el progreso científico se lo debemos a una cohorte de sesudos investigadores y a poquísimas, pero inteligentes y revolucionarias investigadoras que, ocultos/as en sus templos del saber, han construido una Ciencia inaccesible, a golpe de experimento. Y a menudo olvidamos que muchos de estos avances se han producido y se producen a pie de calle, gracias a los otros, actores y actrices secundarios, que sin querer, han contribuido y contribuyen al nacimiento de una idea o al descubrimiento de un misterio, que la naturaleza ha ocultado con tesón. Permítame el lector, como homenaje a estos héroes silenciosos, contar las tribulaciones de algunos de ellos. Son un accidentado viajero, un descuidado barrenero y un niño asustado, que, entre 1822 y 1885, participaron en el nacimiento o en la consolidación de la Fisiología, la Neurociencia y la Inmunología.

El 6 de junio de 1822 paseaba el joven Alexis Saint Martin cerca del lago Hurón (EEUU) cuando recibió un disparo fortuito, que le atravesó las costillas, el estómago y los pulmones y le provocó un orificio por el que se “le salía el desayuno”, en palabras de William Beaumont, el cirujano militar que le atendió. Alimentándolo a través de la fístula, el insigne médico no tardó en darse cuenta de que la herida era una ventana maravillosa para el estudio de los mecanismos de la digestión, por lo que retuvo al desafortunado joven como criado, en unas condiciones que hoy serían inaceptables. Un contrato de conejillo de Indias por el que Alexis se sometería a cientos de experimentos, algunos dolorosos, para demostrar que la digestión es un proceso químico. Murió en 1880, con las heridas aún abiertas, tanto en el cuerpo, como en su dignidad. Su familia, enojada con la clase médica, mantuvo su cadáver lejos de las depredadoras manos de la Ciencia. Por desgracia, pero con razón.

El 14 de septiembre de 1848 fue un día grande para la Neurociencia, pero aciago para Phineas Gage, capataz de ferrocarril en Vermont (Nueva Inglaterra). Una barra metálica de tres centímetros de grosor y un metro de largo le atravesó la mejilla izquierda, saliéndole por la región frontal del cráneo. Contra todo pronóstico, no murió. Al poco tiempo pudo hablar y razonar con normalidad, como documentó el doctor Harlow, quien le daría el alta dos meses después. Pero Phineas se volvió irrespetuoso, terco e impaciente. En palabras del propio Harlow, "el equilibrio (…) entre su facultad intelectual y sus propensiones animales se había destruido". A partir de esta flaqueza humana imprevisible, la Ciencia abrió una claraboya en el cerebro y comenzó a escudriñar el “alma”. Nacía así un nuevo punto de vista que situaba la moral, la responsabilidad y la empatía en “la carne”, es decir, en el lóbulo frontal. Adiós a un “Pepito Grillo” venido de fuera. Murió relativamente joven en su casa, víctima de la epilepsia, tras una vida azarosa, que incluyó la exhibición circense de sus cicatrices. Afortunadamente, su cráneo horadado y el alargado proyectil se conservan en el museo de medicina de Harvard, como objetos de indudable valor para investigaciones ulteriores.

El caso de Joseph Meister, de Alsacia (Francia) es algo diferente. Tenía 9 años cuando su padre le llevó al laboratorio de Louis Pasteur, el 4 de julio de 1885, con mordeduras profundas, en brazos y piernas, provocadas por un perro rabioso. Era la crónica de una muerte anunciada. Obligado por las circunstancias y sumido en una gran inquietud, el ilustre químico y biólogo procedió a inocular, bajo la piel del pequeño, un extracto seco y estéril de médula de conejo, muerto de rabia dos semanas antes. Como sabía, gracias a sus experimentos con perros, esta médula no provocaba la temible enfermedad, pero sí tenía un poderoso efecto inmunizante. El proceso lo repitió 13 veces, con médulas cada vez más virulentas y agresivas. Y el niño sobrevivió. Ya adulto trabajó como portero en el Instituto Pasteur, en cuyos sótanos está enterrado el famoso microbiólogo. Cuenta Isaac Asimov que, en 1940, un oficial nazi ordenó al anciano Meister que abriera la cripta de Pasteur. Pero el que fuera el primer niño inmunizado contra la rabia prefirió suicidarse antes que profanar la tumba de su salvador.

Actores de segunda para una Ciencia de vanguardia. Como la Cultura Científica que reivindicamos en nuestra sociedad y en la escuela. Mientras tanto, el año de la Ciencia fluye en la prensa y en la red. Y sin embargo, este castillo de fuegos de artificio, deslumbrante y cuajado de actividades, parece un viaje a ninguna parte. A mi trabajo acudo y a los decretos de la LOE me remito: La enseñanza de la Ciencia está bajo mínimos.

(Diario Córdoba. 13.06.07)

LAS MARIPOSAS DEL ALMA

Recuerdo los últimos años de Andrea. Su piel tersa y sonrosada, la mirada gris, una sonrisa fácil y sus manos jugando torpemente con un trapo, rematando, tal vez, un imaginario y familiar vestido de novia. Permanecía postrada en su butaca, aturdida, lejana y ausente, hilvanando los últimos hilos de vida, sin reconocer ni a su propia hija, quien la cuidaría con profundo amor y extenuante dedicación hasta que una mañana de mayo de 1994, cerebro y corazón se pararon para siempre.
La enfermedad de Alzheimer es devastadora y cruel, tanto con los pacientes, a los que borra su historia personal, como con sus familiares, quienes constatan, impotentes, cómo la mente del ser querido se desmorona y se deshace en mil pedazos, hundiéndolos en un pozo sin fondo hasta la muerte.
La primera descripción de esta enfermedad la hizo Alois Alzheimer en Munich, hace 100 años. Se trataba de una mujer de 51, con alteraciones de la memoria y de la conducta. La autopsia reveló una gran atrofia en la corteza cerebral y depósitos de una sustancia extraña en el exterior de las neuronas.
Varios años antes, don Santiago Ramón y Cajal, de quien también celebramos este año el centenario de su Nóbel, había concebido estas células como “delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá el secreto de la vida mental…” Hoy sabemos que las neuronas configuran la arquitectura cerebral, como describió y dibujó, con gran precisión y belleza, nuestro científico más universal. En su “año cumbre” (1888) descubrió, utilizando técnicas mejoradas de tinción cromo-argéntica, diseñadas por su colega Golgi, que las neuronas no forman una red difusa y continua, como se creía hasta entonces, sino que cada una de ellas es como una especie de “cantón fisiológico absolutamente autónomo” (un guiño a la ciencia alemana y una anticipación de la España plural de nuestros días). Para ello, tuvo que trabajar “no ya con ahínco, sino con furia” y superar la escasez de medios materiales y la desidia de las políticas científicas de una nación deprimida y humillada (la de 1898).
Miles de millones de neuronas aleteando, unidas entre sí gracias al “velcro” de las sinapsis, originan la mente y la consciencia de uno mismo, es decir, el “alma”, que no es otra cosa que física y química: mensajes eléctricos que parten del cuerpo principal de la neurona, continúan por su axón (prolongación) y llegan a las dendritas (ramificaciones arborescentes) de otras células, en donde vierten “ríos” de neurotransmisores, encendiendo y apagando, de esta manera, los circuitos de la mente. Es así como se tejen nuestros pensamientos y recuerdos.
Esta tipo de demencia se hereda de forma dominante en menos de un 5% de los casos y el resto se debe a factores de riesgo, como el virus del herpes labial (descubrimiento reciente made in spain). También se conoce la naturaleza de las placas neurotóxicas: son depósitos de proteínas (amiloides) que matan neuronas, provocando una disminución de la cantidad de neurotransmisores, como la acetilcolina, fundamental para la atención, la memoria y el aprendizaje. Millones de células nerviosas que mueren. “Alma” que agoniza.
Algunos tratamientos consisten en retener estas sustancias durante más tiempo, , para prolongar su efecto. Pero no están dando buenos resultados. Sin embargo, hay varias estrategias emergentes: La implantación de células madres; la inmunoterapia, es decir, la destrucción con anticuerpos de las proteínas tóxicas y, por último, la utilización de señuelos que eviten la acumulación de éstas proteínas y originen las placas “asesinas”.
Dos centenarios, el del Alzheimer y el del descubrimiento de la “textura” íntima del cerebro nos sirven para ilustrar la importancia de la Cultura Científica en nuestros días. Ya lo adelantó el ilustre aragonés en 1899, al reclamar de los políticos el abandono de su “egoísmo estrecho de partido y pandilla”; de los aristócratas y capitalistas, “la codicia de los bienes materiales” y del clero, el dejar atrás “aquellas terribles intolerancias (…)”; para establecer, como único camino, el “entrar sinceramente en la corriente de la moderna vida y preparar el porvenir, alistándose resueltamente en la causa de la civilización”. Ese es el reto de la sociedad. Y el nuestro, como docentes. Si nos dejan.
(Diario Córdoba. 17.01.07)