lunes, 2 de junio de 2008

LOS INOCENTES

Recientemente se ha descubierto en la Universidad de California que las placas de proteína beta-amiloide del Alzheimer se forman mucho más rápido de lo que se pensaba. Los experimentos se han realizado in vivo en ratones transgénicos, unos “parientes evolutivos” que comparten con nosotros el 80 % del genoma (incluyendo el gen de esta enfermedad) y el sistema límbico (emocional), a los que se les ha taladrado el cráneo para ver, a través de una ventana milimétrica, el deterioro de su diminuto cerebro. Se trata de un descubrimiento que puede tener importantes consecuencias clínicas, puesto que si es tan rápida la formación de las placas y tan lenta la aparición de los síntomas, una intervención a tiempo serviría, probablemente, para atajar el progreso de este terrible mal.

Pero no es esta enfermedad neurodegenerativa el eje de esta colaboración, sino la utilización de animales en investigación. Un tema que pasa casi desapercibido para la opinión pública, pero que impulsa a los defensores/as de los derechos de los animales no humanos a luchar con corazón y coraje y, en muchas ocasiones, con “cabeza”, por la abolición de estas crueles prácticas. La utilización de animales en los laboratorios ha sido fundamental para el desarrollo de la medicina. En 1889, los alemanes Minkowski y von Mering abandonaron los pájaros y comenzaron a extirpar páncreas en una especie más próxima, el perro, para comprobar su efecto sobre la digestión de las grasas. Y tuvieron un éxito inesperado cuando desvelaron la relación de este órgano con la diabetes. Luego Banting, McLeod y Best, rajando vientres e inyectando extractos en inocentes criaturas, descubrieron la insulina. Un paso decisivo en el ascenso de la Humanidad por la escalera del conocimiento… ¡Y de las terapias! Estime el lector cuántos millones de personas se han beneficiado desde entonces.

La lista de áreas en las que se realizan experimentos con animales es muy amplia: aprendizaje de técnicas médico-quirúrgicas, mutagénesis y carcinogénesis ambiental, fisiologías humana y veterinaria, toxicidad de productos de consumo, prácticas de biología, xenotransplantes, psicología humana, ensayos farmacológicos, etc. Pero pensemos por un momento en la prueba Draize realizada en un conejo albino, consistente en verter en sus ojos, varias veces al día, un cosmético, un champú, un abrillantador de suelos o un detergente. Imaginemos sus intentos fallidos por escapar de esta tortura mientras nos mira con sus grandes ojos inflamados, ulcerados y ensangrentados. O veamos a través de una ventana digital el maltrato y la muerte de miles de perros, ratas y monos sometidos a agentes químicos, bacteriológicos y radiaciones, como inocentes sparrings en el cuadrilátero macabro de los juegos de guerra.

¿Dónde están los límites? ¿Qué se puede hacer y qué es lo que no se debe hacer? ¿Con qué especies? ¿Para qué fines? Son interrogantes cuyas respuestas oscilan desde la prohibición absoluta, por considerarla un fraude científico y una aberración ética, hasta el todo vale para el progreso de la especie maltratadora. Y entre los dos extremos, un “lugar” entre la barbarie y la necesidad: Una norma que prohíba el sacrificio de especies a los que la evolución dotó de cierta capacidad para verse a sí mismos y lo permita en el resto, de forma indolora, únicamente si lo que se persigue es aliviar el sufrimiento humano o un avance significativo del conocimiento.

Afortunadamente, los movimientos en defensa de la dignidad animal ya han promovido algunos cambios en este sentido, como la aprobación de una Directiva Europea que prohíbe desde el año 2004, la experimentación con productos cosméticos acabados, y a partir del 2009, con sus ingredientes. En España, la normativa impone que los procedimientos empleados eviten el sufrimiento y la angustia del animal y se apliquen, en la medida de lo posible, en aquellas especies con menor sensibilidad neurofisiológica, prohibiéndolos expresamente si hay alternativas. En nuestra Universidad, el nuevo Servicio Centralizado de Animales de Experimentación es un avance en este sentido.

La Ciencia no puede permanecer al margen de este dilema ético y, además de investigar los diferentes grados de sensibilidad animal, para ampliar el catálogo de especies a proteger, debe seguir avanzando en el diseño de nuevos métodos incruentos, mientras emplea sistemáticamente los existentes: Cultivos de tejidos humanos, métodos físico-químicos, modelos informáticos, estudios epidemiológicos, observación clínica, cultivos de bacterias, autopsias y técnicas de imágenes.

Finalmente, los ciudadanos y ciudadanas podemos comenzar a hacer algo por cambiar la realidad. En este caso es muy fácil. En la próxima compra de productos de belleza, limpieza o higiene, busquemos un conejo saltarín entre dos curvas y otras tantas estrellas. Es el logotipo del Estándar de Cosméticos Humanitarios (HCS en inglés), lanzado en 1998, como una herramienta para boicotear las empresas que no respetan la vida.

(Diario Córdoba. 11.06.08)

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