jueves, 13 de marzo de 2014

Parásitos manipuladores


Cadáver de hormiga con el cuerpo fructífero de un hongo del género Cordyceps. Crédito: The Earthy Report

Una hormiga, atacada por un hongo, sube a un árbol y muerde una hoja con una fuerza hercúlea, en lo que parece ser una especie de “sacrificio final”. Un ratón, infectado de toxoplasmas, se pasea delante de un gato, entregándose así a una muerte segura. Tanto el insecto como el mamífero son la prueba viviente de una “voluntad animal” sometida, es decir, de la manipulación de la conducta de una especie al servicio exclusivo de su parásito. Así de sencillo y contundente.

El parasitismo es un tipo de asociación ecológica en la que un ser vivo, el parásito, vive a expensas de otro, el huésped u hospedador, dentro de su cuerpo o en su superficie. Para hacerlo despliega todo un arsenal de herramientas que, en definitiva, le sirven para obtener de su víctima el hábitat para desarrollarse, el medio para trasladarse y la energía para realizar sus funciones vitales, entre las que destaca la reproducción. Por ejemplo, los piojos viven en nuestro cuero cabelludo, se trasladan de un lugar a otro montados en nuestras cabezas y “beben” nuestra sangre. ¿Qué más se puede pedir?

Las interacciones parásito-huésped son profundas y sutiles. Para entender el alcance de las mismas volvamos a la hormiga y, posteriormente, al ratón suicida y a los recovecos de la mente humana. Imaginemos la siguiente escena en un bosque tropical brasileño: Una hormiga carpintera camina por el suelo, mientras una fina lluvia de esporas de un hongo, el Ophiocordyceps unilateralis, cae sobre su cuerpo. Algunas esporas lo taladran. En un par de días, la hormiga abandona el hormiguero, aparentemente para salvar a su colonia, y trepa hasta un árbol, donde se aferra firmemente a una hoja, para morir allí unas seis horas después, cuando las hifas del hongo digieren y ocupan sus entrañas. Al cabo de una semana, emerge por su nuca un filamento alargado con una especie de saquito del que se desprenden miles de esporas, que caen sobre el suelo del bosque, por donde desfilan otras potenciales víctimas en ecológica procesión. 

No sabemos cuál es el mecanismo por el que el hongo manipula el sistema nervioso de la hormiga. Tal vez sea de tipo molecular. Pero el resultado es la “zombificación” del insecto: La hormiga es “conducida” hasta un lugar con las condiciones de temperatura y de humedad adecuadas para el desarrollo y la reproducción del parásito. Posteriormente, este la obliga a morder fuertemente un nervio de la hoja, situada a la altura precisa, ni más ni menos. Luego la mata y colgada como una momia, como los cientos de compañeras que forman ese siniestro “cementerio flotante”, es utilizada por el hongo para diseminar sus células reproductoras. Y eso no es todo. Recientes descubrimientos sugieren que la hormiga se defiende ¡utilizando otro hongo que parasita al primero! No sé al lector, pero a mí me parece, sencillamente, un prodigio de diseño…EVOLUTIVO.

El ratón sin miedo no teme a los gatos. Es más, le encanta el olor a sus excrementos y los busca con temeridad, como se ha demostrado en varios experimentos. Está infectado por Toxoplasma gondii, un protozoo parásito que se desarrolla en gatos, ratones y ratas, aves y también, en humanos. Los ratones se infectan cuando entran en contacto con los excrementos gatunos que contienen quistes del parásito. Estos se introducen por vía oral y se instalan provisionalmente como individuos asexuados en los músculos y en el cerebro de sus huéspedes intermedios, en donde provocan, mediante la fabricación de algún tipo de neurotransmisor, el bloqueo de ese temor instintivo hacia los gatos, así como un comportamiento más osado, lo que los convierte en presas más fáciles para los felinos, que son sus huéspedes definitivos. Cuando un gato ingiere carne de ratón con toxoplasmas, se cierra el ciclo vital del protozoo, culminando su desarrollo sexual en el intestino, donde producen los quistes que se liberan con las heces. En los seres humanos, estos quistes pueden ser ingeridos tras manipular, por ejemplo, las cajas de arena donde nuestras mascotas abandonan, “educadas”, sus olorosas deposiciones. Por tanto, ¡cuidado con los gatos, sobre todo, las mujeres embarazadas!

Si los humanos también pueden ser infectados por Toxoplasma gondii, tal vez sea el momento de preguntarse si estos parásitos podrían manipular también nuestra conducta para obtener alguna ventaja. Al fin y al cabo, estamos dotados de un cerebro semejante al de los ratones y, aunque no tenemos terror atávico a los gatos, sí compartimos con nuestros parientes mamíferos emociones primarias. Pues bien, recientes estudios han revelado que la toxoplasmosis puede aumentar el riesgo de padecer esquizofrenia, afectando al nivel de ciertos neurotransmisores como la dopamina. También se han observado los efectos de este protozoo en el comportamiento de individuos sanos portadores (el 30 % de la población), como por ejemplo, cierto aumento del tiempo de reacción frente a eventos inesperados o una excesiva calma ante situaciones de peligro difuso, lo cual podría provocar que estos individuos tengan un mayor riesgo de sufrir accidentes.

La Ciencia no ha dicho la última palabra. Nunca la dice. Pero todo sugiere que nuestra conducta, nuestra personalidad y tal vez, nuestros patrones culturales, están determinados por nuestros genes en continua interacción con el ambiente, sin descartar la influencia de nuestros parásitos y de nuestros simbiontes, como las bacterias de la  flora intestinal. Pero esto sería otra historia. 



Diario Córdoba, edición en  papel, 16.02.14
Casimiro Jesús Barbado López
Asociación Profesorado de Córdoba por la Cultura Científica

miércoles, 15 de mayo de 2013

Para qué nos sirven las Ciencias

Hoy hemos hablado Sebastián Muriel y yo sobre Ciencias a un grupo de alumnos/as de 4º de la ESO del IES Alhaken II.
Ha sido una experiencia muy interesante y enriquecedora para nosotros. Espero que también lo haya sido para el alumnado y su profesor.
Aunque se trataba de chavales y chavalas que no estudian actualmente ninguna asignatura de Ciencias, han asistido con interés y atención a nuestra exposición.
Muchas gracias a todos/as y, en especial, a su profesor tutor, Antonio González, por permitirnos charlar con sus alumnos/as e invitarles a reflexionar sobre el papel de las Ciencias en la educación ciudadana.

Os dejo la presentación que utilicé para invitarlos a pensar.

sábado, 16 de febrero de 2013

Colaboración en el Diario Córdoba




EDUCAR EN TIEMPOS DIFÍCILES (1ª Parte)

A principios de los años 80 del siglo pasado, cuando empezaba mi trabajo en la escuela, el maestro extremeño Gonzalo Roffignac escribía estos pesimistas versos: “Hoy me vienen los niños al Colegio/ Qué les digo que aprendan/ si cada día/ saben menos los hombres allá afuera”. Han pasado treinta y tres años y me dispongo a plantear una pregunta semejante, concebida como una suerte de disparo a las conciencias de las familias, del profesorado y de los políticos: ¿Qué clase de educación hay que ofrecer a nuestros alumnos/as, para que no naufraguen en estos tiempos tan difíciles? Bajo mi punto de vista, el modelo educativo que responda a este interrogante debería contemplar tres facetas humanas en continua interacción: El desarrollo de la personalidad, la toma de conciencia de la realidad y la preparación para la vida social, en un contexto de crisis socio-ecológica global.

Hoy en día educar significa, a nivel personal, dotar a los individuos de los conocimientos y las herramientas necesarias para potenciar el desarrollo de la afectividad, las habilidades cognitivas, la imaginación, la creatividad, las capacidades de expresión y comunicación (incluyendo las correspondientes al espacio digital), la autonomía personal y el ejercicio responsable de la libertad. Sin embargo, para garantizar la adquisición de conocimientos fiables sobre el mundo y sobre nosotros/as y ante la variada herencia recibida en forma de rico legado cultural, con aportaciones científicas, tecnológicas y artísticas, pero también con creencias y tabúes religiosos, que pueden ser un lastre para el progreso social, necesitamos un “software” intelectual y emocional complementario. Por ello, la educación debe propiciar el nacimiento y desarrollo de lo que denominamos "espíritu crítico", que no es otra cosa que cierta dosis escepticismo, entendido como vacuna para nuestras mentes, ante la virulencia de las falsas creencias, los viejos y los nuevos demonios y el relativismo moral. Sin olvidar el desarrollo de otras tres cualidades individuales esenciales: La coherencia personal, para mantener criterios propios; la motivación, la ilusión y las aptitudes para seguir aprendiendo a lo largo de la vida y, en muchas ocasiones, el talento para “desaprender”, es decir, para cambiar nuestros puntos de vista, de forma reflexiva, ante el flujo de los acontecimientos y las razones de los demás.

En este contexto individual, la educación debe tener otros dos objetivos adicionales vinculados a la Justicia Social y a la Igualdad. El primero se refiere a la prevención y a la atención de las desigualdades físicas, síquicas, socio-económicas o de cualquier otra índole, que permitan la integración en la sociedad de todas las personas, como miembros activos, de pleno derecho, a pesar de sus limitaciones. El segundo se vuelca en la formación y el reciclaje en el mundo laboral, dos retos educativos de primer orden, cuando el trabajo se ha convertido en un bien escaso y transitorio. Esta formación debe pertrechar a los ciudadanos/as de las destrezas para desarrollar una ocupación a la medida de sus capacidades y de los instrumentos de reflexión que le permitan cuestionar el modelo socio-económico que nos ha conducido a esta situación, y reclamar, en su caso, a título individual y colectivo, el empleo digno con el que satisfacer unas necesidades sensatas.

Para traspasar las fronteras individuales de la educación tenemos que romper las burbujas grupales, locales y nacionales en las que nos desenvolvemos como individuos y exponernos a situaciones de aprendizaje que posibiliten la toma de conciencia de la crisis ecológica y social que afecta a gran parte de la Humanidad, con el fin de intervenir para mejorar las condiciones de vida de todos/as, incluyendo las de las generaciones venideras. Es decir, tenemos que educar para comprender que los recursos del planeta son limitados y están injustamente repartidos, con una minoría que tiene acceso a bienes y servicios superfluos, mientras la inmensa mayoría no alcanza las mínimas cotas de bienestar. Por eso la educación tiene que favorecer la aparición de una conciencia ecológica y social global, formando ciudadanos/as conocedores de los problemas medio-ambientales y sociales, mientras van adquiriendo actitudes críticas, compromiso, responsabilidad social y aptitudes intelectuales y sociales para intervenir en la resolución de estos problemas.

Diario Córdoba 27.02.13

EDUCAR EN TIEMPOS DIFÍCILES (2ª Parte) 


 La vida en comunidad se fundamenta en la autonomía personal, en la libertad individual, en la democracia y en el respeto a las leyes. Pero ¿qué tipo de democracia y qué leyes necesitamos hoy en día? La democracia actual parece reducida a la vida de los partidos políticos y a la elección de representantes cada cuatro años; aunque comienzan a oírse voces críticas y movimientos que cuestionan este raquítico sistema democrático.

Además, la política está generando cotas alarmantes de corrupción a diferentes niveles y, lo que es peor, se está instalando en la conciencia general la idea de que estas prácticas son normales e inevitables, a juzgar por el respaldo electoral recibido por algunos políticos/as, implicados judicialmente en este tipo de asuntos.

Hay que atajar la corrupción, pero sobre todo esa generosa percepción que tienen de ella muchos ciudadanos/as. Por esta razón, la educación debería aportar las estrategias intelectuales y éticas para descubrir y rechazar las actuaciones egoístas e insolidarias de los gestores/as de los bienes públicos y privados, además de exigir las responsabilidades pertinentes. Y, mientras se potencia el ejercicio de la autonomía y de la libertad responsable, debe proveer a las personas de los valores y actitudes necesarias para construir una democracia real, que cuestione los cauces de representación existentes e impulse nuevas estrategias asociativas y participativas que favorezcan la toma de decisiones comunes relevantes.

En estos dos artículos semanales hemos reflexionado sobre el desarrollo individual, sobre la concienciación ecológica y social y sobre la implicación de los seres humanos en la vida democrática. Sin embargo, después de casi mil palabras buscando los fines de la educación, me he dado cuenta de que aún me queda por decir lo más importante, es decir, lo que le da sentido a nuestra existencia en estos tiempos de crisis (y en todos los tiempos): La búsqueda de la felicidad o, lo que es lo mismo, la búsqueda de la vida buena de los manuales de ética.

El poeta Gabriel Celaya, en una magistral defensa de la labor docente, escribió que educar es lo mismo que poner motor a una barca. Los maestros tratamos de poner motores a esos cientos o miles de barcas que se cruzan en nuestras vidas, que navegan sin rumbo, hasta que la madurez y los derroteros de la vida les sugieren los puertos a los que tienen que arribar. Hoy más que nunca, o tal vez como siempre, la vida es una lucha constante contra los elementos. Y la educación, el motor que trata de llevar nuestra barca a un buen puerto, el de la felicidad, en las revueltas aguas de la vida. Una vida buena que se eleva a felicidad colectiva, mientras retroalimenta la propia felicidad individual, al vernos reflejados en el espejo de los otros gracias a la empatía. Este sería, para mí, el fin último de la educación, tanto en el seno de la familia (cualquiera que sea el tipo de familia), como en el ámbito escolar.

Me viene a la mente otra pregunta, como colofón a estas reflexiones. Pero esta vez es retórica: ¿Le interesa al sistema político-social vigente, el modelo educativo que he descrito? La respuesta es fulminante: No, porque el sistema se nutre de ciudadanos/as acríticos, poco comprometidos, desmovilizados y devoradores de recursos, que alimentan las cuentas de resultados de las minorías financieras.

No hace falta ir muy lejos ni en el espacio ni en el tiempo. El modelo que aquí proponemos está a años luz de la reforma que hoy en día nos impone el ministro de turno, a juzgar por el concepto de educación que se destila de la primera propuesta del “Punto de partida” del anteproyecto de la nueva ley (LOMCE): “Mejora del nivel educativo de los ciudadanos como apuesta por el crecimiento económico y la competitividad”. Así, sin más adornos que unos cuantos objetivos contables, como reducir el fracaso escolar o mejorar los resultados de PISA; sin grandes parrafadas; sin vergüenza… ¡Qué claridad y qué cinismo!

La sociedad que queremos construir la mayoría de los ciudadanos/as exige la implicación colectiva de mujeres y hombres que empiecen a saber que fuera de los muros de la escuela, otro mundo es posible. Y que la educación es el principal motor para hacerlo realidad. Nos estamos jugando nuestro futuro.

Diario Córdoba 3.04.2013 (en papel)

martes, 29 de enero de 2013

La guerra de las plantas


Mandíbulas, cuernos, picos, garras, fluidos corporales, etc. Los animales utilizan un amplio repertorio de herramientas para luchar por las hembras, cazar a sus presas y defender su territorio. Todas ellas están bajo la tutela de un Sistema Nervioso más o menos complejo. En el vértice de esta pirámide armamentística están los seres humanos, con un perverso despliegue de recursos tecnológicos, desde que un ejemplar de homínido cainita manipulase un hueso o una piedra, con la intención de matar a su vecino Abel, tal vez por los mismos e “instintivos” motivos.

Sin embargo, las plantas son sedentarias y no tienen Sistema Nervioso. Sabemos que sus espinas o su sabor las protegen de los depredadores, pero… ¿Cómo compiten entre ellas? ¿Cómo se atacan unas a otras? ¿Cómo se defienden de sus potenciales enemigos?

Lo hacen sutilmente mediante la guerra química. Este combate entre plantas se denomina alelopatía, palabra que significa, literalmente, sufrimiento (pathos) causado a otro (allelo). Se define como la habilidad de las plantas de frenar (o a veces estimular) el crecimiento de otras plantas por medio de sustancias químicas alelopáticas, que liberan al medio. Un recurso que, desgraciadamente, los seres humanos también han aprendido a hacerlo para acabar con sus semejantes de forma silenciosa y eficaz.

Los compuestos alelopáticos suelen ser fenoles, terpenos, alcaloides y otras sustancias del metabolismo secundario vegetal y, normalmente, se disuelven bien en agua, lo que garantiza su difusión en el suelo. Se fabrican en las hojas, tallos, raíces y en, algunas especies, en sus flores. Se difunden siguiendo varias vías. Normalmente, las hojas y los restos vegetales caen al suelo y, al descomponerse, liberan estas sustancias tóxicas. Otras veces son los exudados de las raíces los que actúan directamente sobre las raíces de otras plantas o bien, son lavados por la lluvia desde las hojas y llegan al suelo, donde pueden ser degradados por la actividad microbiana, originando otros compuestos más tóxicos que los precursores. Por último hay plantas que liberan al aire directamente los agentes alelopáticos, como el etileno y los aceites volátiles, alcanzando así a otras plantas.

El mecanismo de acción sobre las plantas “diana” es muy variado. Pueden alterar su producción de hormonas, la fotosíntesis, la respiración o la actividad de sus membranas celulares. Y, en general, sirven para reducir las posibilidades de que las plantas competidoras exploten un determinado recurso.

Esto explica por qué muchas malas hierbas resultan perjudiciales para los cultivos, ya que, además de “robarles” parte de la energía luminosa y de los nutrientes, producen sustancias que inhiben o retardan su germinación, frenan su crecimiento o aumentan su debilidad a las plagas y al estrés. Tal vez un ejemplo nos ayude a comprenderlo mejor. Es el caso de la devastadora maleza denominada cisca (Imperata cylindrica) que inhibe el crecimiento del maíz y del centeno gracias a diversas sustancias alelopáticas, como la escopolina y el ácido benzoico, presentes en sus residuos en descomposición.

Las alelopatías y las sustancias alelopáticas han despertado un gran interés desde el punto de vista agronómico, debido a la necesidad de encontrar nuevos herbicidas, ante la creciente aparición de resistencias frente a los productos convencionales y su impacto negativo en el medio ambiente y en la salud. Además, ciertas moléculas están siendo investigadas no solo como fuente directa de compuestos activos contra las malas hierbas, sino como precursoras de otros potenciales herbicidas sintéticos. Una muestra más de que la Ecología puede estar al servicio del desarrollo tecnológico sostenible.

Diario Córdoba 27/01/2013 (Resumido y editado por la redacción del diario).

jueves, 13 de diciembre de 2012

La LOMCE y la religión: Un déjà vu.

Leyendo estos días el segundo borrador de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) he experimentado un inmenso y prolongado déjà vu. Me han venido a la mente los debates sobre la asignatura Sociedad, Cultura y Religión de la Ley Orgánica de Calidad de la Educación (la LOCE de Aznar), suspendida mediante decreto primaveral de Zapatero, cuando llegó a la Moncloa tras una extraña pirueta electoral, aquel sangriento y fatídico marzo de 2004. No se extrañe el lector/a si esta colaboración le resulta déjà ecrit: Casi todo fue pensado y dicho en su día, aunque con matices diferenciales.
Somos muchas las personas y colectivos que hemos alzado nuestra voz, de forma reiterada, en contra de la presencia de la religión en la escuela. Durante estos meses, como consecuencia de los recortes, hemos intensificado nuestra campaña “Por una Escuela Pública Laica, la religión fuera de la escuela”, con un objetivo fundamental: Que no se financie con dinero público el adoctrinamiento religioso en ningún centro escolar, lo que implicaría la supresión de los conciertos a los centros con ideario y la salida de la religión del currículo. Son muchas las razones en las que se sustenta nuestra propuesta sobre la religión. Sirvan estas cuatro como prontuario ad hoc: Su dudosa constitucionalidad, ya que obliga a declarar las creencias; su carácter segregador y promotor de marginación; la difusión de ciertos contenidos y valores contrarios a los derechos de la ciudadanía (sexismo, homofobia, sumisión de la mujer, etc.) o enfrentados abiertamente a la razón y a la Ciencia (creacionismo, existencia de un alma inmortal, etc.) y, finalmente, las ingentes cantidades de dinero público que se invierten en adoctrinamiento en favor de una confesión religiosa, que de esta forma, mantiene y acentúa sus privilegios, aunque, según dicta la Constitución, ninguna religión tenga carácter estatal.
La LOMCE acaba con el statu quo de la religión en la LOE, una asignatura evaluable y con valor académico a la hora de la promoción y de la titulación, frente a la Atención Educativa, sin contenido curricular, que mantiene “secuestrado” al alumnado no religioso sin hacer nada durante varias horas a la semana. Una posición que no llegó nunca a satisfacer a la Iglesia Católica, que veía como la asignatura confesional iba perdiendo alumnos/as a favor de la alternativa fantasma. Sobre todo a partir de la ESO, una vez que las familias habían cumplido con la obligación social de la Primera Comunión. 
La nueva LOMCE establece una serie de asignaturas troncales y otras específicas, entre las cuales figuran el área de religión y su alternativa, denominada Valores Culturales y Sociales en Primaria y Valores Éticos en la ESO, ambas evaluables y con valor académico, lo que confirma la sumisión del Gobierno actual a los intereses de la Conferencia Episcopal.
Este nuevo marco legal me sugiere, diez años después de la LOCE, dos reflexiones. La primera gira en torno a la tozudez y a la estrechez de miras de los Obispos y sus aliados, quienes se empeñan en llevar hasta sus últimas consecuencias, a pesar de las estadísticas, el refrán “No quieres arroz, pues toma tres tazas”, manteniendo en la escuela el referente moral de la religión, mientras los jóvenes (y sus padres y madres) se declaran cada vez más indiferentes en el plano religioso y el mundo camina por derroteros más laicos y racionales, con sus avances científicos y sus conquistas sociales, en clara contradicción con el pensamiento mitológico y trascendente, basado en la existencia de otro mundo sobrenatural, en la fe y en doctrinas situadas en las antípodas de lo que necesitamos los seres humanos para alcanzar las metas de justicia, libertad y felicidad colectiva que atisbamos en el horizonte de la utopía.
La segunda reflexión trata sobre una forma sutil de analfabetismo que potenciará esta Ley. Los Valores Culturales, Sociales y Éticos, que más parecen un consuelo ante la fulminante eliminación de la asignatura Educación para la Ciudadanía, no son una alternativa a la religión. Al contrario, si entendemos que la Educación (la buena Educación) es la herramienta fundamental para la construcción del ser humano y de la sociedad a la que aspiramos la mayoría de los ciudadanos/as, estos valores son la pieza básica del puzle educativo en la que deberían encajar las demás áreas del conocimiento. Apartar a los alumnos/as de religión de estos valores es sumirlos en un nuevo analfabetismo: El desconocimiento de la Ética Común de la Humanidad. Desgraciadamente la LOMCE no es solo un déjà vu, es futuro. ¡Que se mantenga la religión es la oscura realidad que atenaza la escuela del siglo XXI!
Casimiro Jesús Barbado López Miembro de la Plataforma por la Escuela Pública, Laica y de Calidad

domingo, 18 de noviembre de 2012

Educar en tiempos difíciles (3ª parte): La vida en la sociedad global.


El modelo que propongo, para traspasar las fronteras individuales de la educación, se sustenta en la potenciación de la empatía, ese rasgo genético vinculado a la inteligencia emocional e interpersonal, forjado a lo largo de la evolución humana, como mecanismo para facilitar la cohesión del grupo. Es a partir de esta capacidad de ponerse en el lugar de los demás desde donde podemos impulsar la aparición y el cultivo de valores y actitudes como el altruismo,  la tolerancia, la solidaridad y la cooperación, fundamentales para la convivencia. Para hacerlo, tenemos que romper las burbujas grupales, locales y nacionales en las que nos desarrollamos como individuos y exponernos a situaciones que nos permitan tomar conciencia de la crisis ecológica y social en la que nos encontramos, que afecta a gran parte de la Humanidad, con el fin de intervenir para mejorar las condiciones de vida de todos/as , incluyendo las de las generaciones venideras (solidaridad diacrónica).

Es decir, tenemos que educar para comprender que los recursos del planeta son limitados y están injustamente repartidos, con una minoría que tiene acceso a bienes y servicios superfluos, mientras la inmensa mayoría no alcanza las mínimas cotas de  bienestar. Por eso la educación tiene favorecer la aparición de una conciencia eco-social global, formando  ciudadanos/as conocedores de los problemas medio-ambientales y sociales (paro, pobreza, marginalidad, discriminación sexual, racismo,  carencia o deterioro de estructuras sanitarias y educativas, explotación laboral, endeudamiento de los Estados, etc.) a escalas local, regional y global, mientras adquieren actitudes  críticas, compromiso, responsabilidad social y aptitudes intelectuales y sociales para intervenir en la resolución de estos problemas.

Por otra parte, la vida en comunidad se fundamenta en la autonomía personal, en la libertad individual,  en la democracia y en el respeto a las leyes. Pero  ¿qué tipo de democracia y qué tipo de leyes necesitamos? La  democracia actual parece reducida  a la vida de los partidos políticos y a la elección de representantes cada cuatro años;  aunque comienzan a oírse voces críticas y movimientos que cuestionan este raquítico sistema democrático, en el que los representantes políticos que elaboran las leyes o administran los bienes públicos, no acaban de resolver los problemas para los que fueron elegidos o, incluso, generan otros nuevos.

Además, la política está generando alarmantes cotas de corrupción a diferentes niveles y, lo que es peor,  se está instalando en la conciencia colectiva la idea de que estas prácticas son normales e inevitables, a juzgar por el respaldo electoral recibido por algunos políticos, implicados judicialmente en este tipo de asuntos. Hay que que atajar la corrupción, pero sobre todo esa generosa percepción que tienen de ella muchos ciudadanos/as.  Por esta razón, la educación debería aportar las herramientas oportunas para descubrir y rechazar las actuaciones egoístas e insolidarias de los gestores de los bienes públicos (y privados)  y exigir las resposabilidades pertinentes.  Y, además de favorecer el ejercicio de la autonomía y de la libertad responsables, debe  proveer a las personas de los valores y actitudes necesarios para construir una democracia real, que cuestione los cauces de representación existentes e impulse nuevas estrategias asociativas y participativas que favorezcan la toma de decisiones colectivas relevantes. Como las Plataformas Stop Deshaucios y otros grupos afines, surgidos en el seno de los colectivos sociales del 15 M,  que han sido capaces de agitar , en parte, las conciencias individuales e institucionales (Judicatura, Policía, etc) y obligar al Gobierno a repensar sus políticas en materia hipotecaria, durante los días previos a la Huelga General del 14 N.

Pero queda tanto por hacer en el campo de la socialización, que las palabras de Gonzalo Roffignac sobre los niños de su colegio y la ignorancia de los "hombres" de los 80 me suenan a premonición aumentada a la enésima potencia.

Epílogo 

Hemos reflexionado sobre el desarrollo individual, sobre la concienciación ecológica y social y sobre la implicación de los seres humanos en la vida democrática. Sin embargo, después de más de mil novecientas palabras buscando sentidos a la educación,  me he dado  cuenta de que aún me resta por decir lo más importante , es decir, lo que le da sentido a nuestra existencia: La búsqueda de la felicidad.

Porque educar no es otra cosa que mostrar el camino hacia la vida buena que describen los filósofos en sus manuales de ética. Una vida buena que se eleva a felicidad colectiva, mientras retroalimenta la propia felicidad individual al vernos reflejados en el espejo de los otros seres humanos.  Este es, para mí,  el fin último de la educación, tanto en el seno de la familia (cualquiera que sea el tipo de familia), como  en la escuela en todos los niveles.

Me pregunto (retóricamente) si este modelo educativo le interesa al sistema político-social vigente. La respuesta es fulminante: Obviamente no. Por el contrario, este se nutre de  ciudadanos/as acríticos, desmovilizados y devoradores de recursos, que alimentan las cuentas de resultados  de las minorías financieras.

Sin necesidad de ir más lejos en el espacio y en el tiempo, el modelo de  educación que aquí proponemos está a años luz de la reforma que hoy en día nos impone el ministro de turno, a juzgar por el concepto de educación que destilan las primeras líneas  del anteproyecto de la nueva ley educativa (LOMCE): "La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país." Así, sin anestésico preámbulo; sin adornos; sin grandes parrafadas; sin vergüenza.  ¡Qué cinismo!

La sociedad que queremos la mayoría de los ciudadanos/as requiere la participación colectiva de  hombres y mujeres que empiecen a saber que fuera de los muros de la escuela, otro mundo es posible. Y que la educación es el motor para hacerlo realidad. Nos estamos jugando el futuro.

Educar en tiempos difíciles (1ª parte): Un motor para los naufragios.
Educar en tiempos difíciles (2ª parte): El desarrollo personal.
Artículo completo en scribd 
Educar Para Que

domingo, 11 de noviembre de 2012

Educar en tiempos difíciles (2ª parte): El desarrollo personal.



Educar en tiempos difíciles (1ª parte):Un motor para los naufragios.

Hoy en día educar significa, a nivel personal,  dotar a los individuos de los conocimientos y las estrategias necesarias para potenciar el desarrollo de la afectividad, las habilidades cognitivas, la imaginación, la creatividad,  las capacidades de expresión y comunicación (incluyendo las correspondientes al espacio digital), la autonomía personal y el ejercicio responsable de la libertad. Cualquier manual de Pedagogía describe con cierto detalle el papel de  estas capacidades en el desarrollo de la personalidad. Sin embargo, creo, sinceramente,  que todos los conocimientos y aptitudes descritas anteriormente no bastan por sí mismas para moverse por el mundo. Necesitamos de una equipación intelectual complementaria ante el dogmatismo circulante.  

Los seres humanos hemos heredado de nuestros antepasados un legado cultural muy rico y diverso, que incluye aportaciones científicas, tecnológicas y artísticas, pero también mitos, creencias  y tabúes religiosos, cuya persistencia pueden ser un lastre para el progreso social, surgido a la luz de los avances científicos y de la Delaración Universal de Derechos Humanos.  Además, hay una ingente cantidad de información falsa o, al menos,  sin contrastar, circulando por los medios de comunicación en general, y por la Red en particular, que compromete seriamente la adquisición de conocimientos fiables sobre el mundo y sobre nosotros/as. Por estas razones, la educación debe propiciar el nacimiento y desarrollo de lo que denominamos "espíritu crítico", que no es otra cosa que  una cierta dosis escepticismo, entendido como una herramienta que inmuniza nuestras mentes, ante la virulencia de las falsas creencias, los viejos y nuevos demonios y el relativismo moral. "La duda es uno de los nombres de la inteligencia." decía Jorge Luis Borges.

En este sentido, tampoco hay que olvidar el desarrollo de otras tres cualidades individuales esenciales: La coherencia personal, sustentada en unos firmes principios, los que necesitamos para mantener  criterios propios ante las opciones de la vida,  lejos del "aborregamiento" y de la adaptación camaleónica; la motivación, la ilusión  y las aptitudes para seguir aprendiendo a lo largo de la vida y, en muchas ocasiones, el talento para “desaprender”, es decir, para cambiar nuestros puntos de vista,  de forma reflexiva, ante el flujo de los acontecimientos y las razones de los demás.

En este contexto individual, la educación debe tener otros dos objetivos adicionales fundamentales relacionados con la Justicia y la Igualdad, que trascienden la esfera personal para adentrase en la social.

El primero se refiere a la prevención y a la atención de las desigualdades físicas, síquicas, socio-económicas o de cualquier otra índole, que permitan la integración de todos/as los ciudadanos/as como miembros activos, de pleno derecho, a pesar de sus limitaciones.

El segundo se vuelca en la formación y el reciclaje en el mundo laboral, dos  retos educativos de primer orden en estos tiempos en los que el trabajo se ha convertido en un bien escaso y transitorio, merced a eso que llaman, eufemísticamente, reformas laborales, pero que no son más que máquinas de fabricar parados/as,  a la sombra de la economía de mercado. Por todo ello, la educación, además de preparar a los ciudadanos/as para desarrollar un trabajo a la medida de sus capacidades,  debe dotar de los instrumentos reflexivos para cuestionar el modelo socio-económico que nos ha abocado a esta situación y reclamar,  para uno mismo y para los demás, el empleo digno con el que, además de incorporarnos como miembros útiles a la sociedad, podamos satisfacer unas necesidades básicas  sensatas.
...
La idea  que viene a continuación parece obvia: La educación tiene que ir más allá del individuo y avanzar hacia su socialización, es decir, hacia su adaptación a la sociedad mediante los conocimientos, actitudes  y habilidades adquiridas. No se trata de un proceso posterior en el tiempo, sino paralelo al desarrollo individual. Cómo hacerlo  es otra cuestión. En la manera de abordarlo  aparecen diferencias significativas entre los diferentes modelos educativos, basados en las concepciones existentes sobre el ser humano, la sociedad  y la economía. Pero dejemos esto para una próxima entrada.

Educar en tiempos difíciles (1ª parte): Un motor para los naufragios.
Educar en tiempos difíciles (3ª parte): La vida en sociedad.