sábado, 16 de febrero de 2013

Colaboración en el Diario Córdoba




EDUCAR EN TIEMPOS DIFÍCILES (1ª Parte)

A principios de los años 80 del siglo pasado, cuando empezaba mi trabajo en la escuela, el maestro extremeño Gonzalo Roffignac escribía estos pesimistas versos: “Hoy me vienen los niños al Colegio/ Qué les digo que aprendan/ si cada día/ saben menos los hombres allá afuera”. Han pasado treinta y tres años y me dispongo a plantear una pregunta semejante, concebida como una suerte de disparo a las conciencias de las familias, del profesorado y de los políticos: ¿Qué clase de educación hay que ofrecer a nuestros alumnos/as, para que no naufraguen en estos tiempos tan difíciles? Bajo mi punto de vista, el modelo educativo que responda a este interrogante debería contemplar tres facetas humanas en continua interacción: El desarrollo de la personalidad, la toma de conciencia de la realidad y la preparación para la vida social, en un contexto de crisis socio-ecológica global.

Hoy en día educar significa, a nivel personal, dotar a los individuos de los conocimientos y las herramientas necesarias para potenciar el desarrollo de la afectividad, las habilidades cognitivas, la imaginación, la creatividad, las capacidades de expresión y comunicación (incluyendo las correspondientes al espacio digital), la autonomía personal y el ejercicio responsable de la libertad. Sin embargo, para garantizar la adquisición de conocimientos fiables sobre el mundo y sobre nosotros/as y ante la variada herencia recibida en forma de rico legado cultural, con aportaciones científicas, tecnológicas y artísticas, pero también con creencias y tabúes religiosos, que pueden ser un lastre para el progreso social, necesitamos un “software” intelectual y emocional complementario. Por ello, la educación debe propiciar el nacimiento y desarrollo de lo que denominamos "espíritu crítico", que no es otra cosa que cierta dosis escepticismo, entendido como vacuna para nuestras mentes, ante la virulencia de las falsas creencias, los viejos y los nuevos demonios y el relativismo moral. Sin olvidar el desarrollo de otras tres cualidades individuales esenciales: La coherencia personal, para mantener criterios propios; la motivación, la ilusión y las aptitudes para seguir aprendiendo a lo largo de la vida y, en muchas ocasiones, el talento para “desaprender”, es decir, para cambiar nuestros puntos de vista, de forma reflexiva, ante el flujo de los acontecimientos y las razones de los demás.

En este contexto individual, la educación debe tener otros dos objetivos adicionales vinculados a la Justicia Social y a la Igualdad. El primero se refiere a la prevención y a la atención de las desigualdades físicas, síquicas, socio-económicas o de cualquier otra índole, que permitan la integración en la sociedad de todas las personas, como miembros activos, de pleno derecho, a pesar de sus limitaciones. El segundo se vuelca en la formación y el reciclaje en el mundo laboral, dos retos educativos de primer orden, cuando el trabajo se ha convertido en un bien escaso y transitorio. Esta formación debe pertrechar a los ciudadanos/as de las destrezas para desarrollar una ocupación a la medida de sus capacidades y de los instrumentos de reflexión que le permitan cuestionar el modelo socio-económico que nos ha conducido a esta situación, y reclamar, en su caso, a título individual y colectivo, el empleo digno con el que satisfacer unas necesidades sensatas.

Para traspasar las fronteras individuales de la educación tenemos que romper las burbujas grupales, locales y nacionales en las que nos desenvolvemos como individuos y exponernos a situaciones de aprendizaje que posibiliten la toma de conciencia de la crisis ecológica y social que afecta a gran parte de la Humanidad, con el fin de intervenir para mejorar las condiciones de vida de todos/as, incluyendo las de las generaciones venideras. Es decir, tenemos que educar para comprender que los recursos del planeta son limitados y están injustamente repartidos, con una minoría que tiene acceso a bienes y servicios superfluos, mientras la inmensa mayoría no alcanza las mínimas cotas de bienestar. Por eso la educación tiene que favorecer la aparición de una conciencia ecológica y social global, formando ciudadanos/as conocedores de los problemas medio-ambientales y sociales, mientras van adquiriendo actitudes críticas, compromiso, responsabilidad social y aptitudes intelectuales y sociales para intervenir en la resolución de estos problemas.

Diario Córdoba 27.02.13

EDUCAR EN TIEMPOS DIFÍCILES (2ª Parte) 


 La vida en comunidad se fundamenta en la autonomía personal, en la libertad individual, en la democracia y en el respeto a las leyes. Pero ¿qué tipo de democracia y qué leyes necesitamos hoy en día? La democracia actual parece reducida a la vida de los partidos políticos y a la elección de representantes cada cuatro años; aunque comienzan a oírse voces críticas y movimientos que cuestionan este raquítico sistema democrático.

Además, la política está generando cotas alarmantes de corrupción a diferentes niveles y, lo que es peor, se está instalando en la conciencia general la idea de que estas prácticas son normales e inevitables, a juzgar por el respaldo electoral recibido por algunos políticos/as, implicados judicialmente en este tipo de asuntos.

Hay que atajar la corrupción, pero sobre todo esa generosa percepción que tienen de ella muchos ciudadanos/as. Por esta razón, la educación debería aportar las estrategias intelectuales y éticas para descubrir y rechazar las actuaciones egoístas e insolidarias de los gestores/as de los bienes públicos y privados, además de exigir las responsabilidades pertinentes. Y, mientras se potencia el ejercicio de la autonomía y de la libertad responsable, debe proveer a las personas de los valores y actitudes necesarias para construir una democracia real, que cuestione los cauces de representación existentes e impulse nuevas estrategias asociativas y participativas que favorezcan la toma de decisiones comunes relevantes.

En estos dos artículos semanales hemos reflexionado sobre el desarrollo individual, sobre la concienciación ecológica y social y sobre la implicación de los seres humanos en la vida democrática. Sin embargo, después de casi mil palabras buscando los fines de la educación, me he dado cuenta de que aún me queda por decir lo más importante, es decir, lo que le da sentido a nuestra existencia en estos tiempos de crisis (y en todos los tiempos): La búsqueda de la felicidad o, lo que es lo mismo, la búsqueda de la vida buena de los manuales de ética.

El poeta Gabriel Celaya, en una magistral defensa de la labor docente, escribió que educar es lo mismo que poner motor a una barca. Los maestros tratamos de poner motores a esos cientos o miles de barcas que se cruzan en nuestras vidas, que navegan sin rumbo, hasta que la madurez y los derroteros de la vida les sugieren los puertos a los que tienen que arribar. Hoy más que nunca, o tal vez como siempre, la vida es una lucha constante contra los elementos. Y la educación, el motor que trata de llevar nuestra barca a un buen puerto, el de la felicidad, en las revueltas aguas de la vida. Una vida buena que se eleva a felicidad colectiva, mientras retroalimenta la propia felicidad individual, al vernos reflejados en el espejo de los otros gracias a la empatía. Este sería, para mí, el fin último de la educación, tanto en el seno de la familia (cualquiera que sea el tipo de familia), como en el ámbito escolar.

Me viene a la mente otra pregunta, como colofón a estas reflexiones. Pero esta vez es retórica: ¿Le interesa al sistema político-social vigente, el modelo educativo que he descrito? La respuesta es fulminante: No, porque el sistema se nutre de ciudadanos/as acríticos, poco comprometidos, desmovilizados y devoradores de recursos, que alimentan las cuentas de resultados de las minorías financieras.

No hace falta ir muy lejos ni en el espacio ni en el tiempo. El modelo que aquí proponemos está a años luz de la reforma que hoy en día nos impone el ministro de turno, a juzgar por el concepto de educación que se destila de la primera propuesta del “Punto de partida” del anteproyecto de la nueva ley (LOMCE): “Mejora del nivel educativo de los ciudadanos como apuesta por el crecimiento económico y la competitividad”. Así, sin más adornos que unos cuantos objetivos contables, como reducir el fracaso escolar o mejorar los resultados de PISA; sin grandes parrafadas; sin vergüenza… ¡Qué claridad y qué cinismo!

La sociedad que queremos construir la mayoría de los ciudadanos/as exige la implicación colectiva de mujeres y hombres que empiecen a saber que fuera de los muros de la escuela, otro mundo es posible. Y que la educación es el principal motor para hacerlo realidad. Nos estamos jugando nuestro futuro.

Diario Córdoba 3.04.2013 (en papel)

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