domingo, 1 de junio de 2008

LAS MARIPOSAS DEL ALMA

Recuerdo los últimos años de Andrea. Su piel tersa y sonrosada, la mirada gris, una sonrisa fácil y sus manos jugando torpemente con un trapo, rematando, tal vez, un imaginario y familiar vestido de novia. Permanecía postrada en su butaca, aturdida, lejana y ausente, hilvanando los últimos hilos de vida, sin reconocer ni a su propia hija, quien la cuidaría con profundo amor y extenuante dedicación hasta que una mañana de mayo de 1994, cerebro y corazón se pararon para siempre.
La enfermedad de Alzheimer es devastadora y cruel, tanto con los pacientes, a los que borra su historia personal, como con sus familiares, quienes constatan, impotentes, cómo la mente del ser querido se desmorona y se deshace en mil pedazos, hundiéndolos en un pozo sin fondo hasta la muerte.
La primera descripción de esta enfermedad la hizo Alois Alzheimer en Munich, hace 100 años. Se trataba de una mujer de 51, con alteraciones de la memoria y de la conducta. La autopsia reveló una gran atrofia en la corteza cerebral y depósitos de una sustancia extraña en el exterior de las neuronas.
Varios años antes, don Santiago Ramón y Cajal, de quien también celebramos este año el centenario de su Nóbel, había concebido estas células como “delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá el secreto de la vida mental…” Hoy sabemos que las neuronas configuran la arquitectura cerebral, como describió y dibujó, con gran precisión y belleza, nuestro científico más universal. En su “año cumbre” (1888) descubrió, utilizando técnicas mejoradas de tinción cromo-argéntica, diseñadas por su colega Golgi, que las neuronas no forman una red difusa y continua, como se creía hasta entonces, sino que cada una de ellas es como una especie de “cantón fisiológico absolutamente autónomo” (un guiño a la ciencia alemana y una anticipación de la España plural de nuestros días). Para ello, tuvo que trabajar “no ya con ahínco, sino con furia” y superar la escasez de medios materiales y la desidia de las políticas científicas de una nación deprimida y humillada (la de 1898).
Miles de millones de neuronas aleteando, unidas entre sí gracias al “velcro” de las sinapsis, originan la mente y la consciencia de uno mismo, es decir, el “alma”, que no es otra cosa que física y química: mensajes eléctricos que parten del cuerpo principal de la neurona, continúan por su axón (prolongación) y llegan a las dendritas (ramificaciones arborescentes) de otras células, en donde vierten “ríos” de neurotransmisores, encendiendo y apagando, de esta manera, los circuitos de la mente. Es así como se tejen nuestros pensamientos y recuerdos.
Esta tipo de demencia se hereda de forma dominante en menos de un 5% de los casos y el resto se debe a factores de riesgo, como el virus del herpes labial (descubrimiento reciente made in spain). También se conoce la naturaleza de las placas neurotóxicas: son depósitos de proteínas (amiloides) que matan neuronas, provocando una disminución de la cantidad de neurotransmisores, como la acetilcolina, fundamental para la atención, la memoria y el aprendizaje. Millones de células nerviosas que mueren. “Alma” que agoniza.
Algunos tratamientos consisten en retener estas sustancias durante más tiempo, , para prolongar su efecto. Pero no están dando buenos resultados. Sin embargo, hay varias estrategias emergentes: La implantación de células madres; la inmunoterapia, es decir, la destrucción con anticuerpos de las proteínas tóxicas y, por último, la utilización de señuelos que eviten la acumulación de éstas proteínas y originen las placas “asesinas”.
Dos centenarios, el del Alzheimer y el del descubrimiento de la “textura” íntima del cerebro nos sirven para ilustrar la importancia de la Cultura Científica en nuestros días. Ya lo adelantó el ilustre aragonés en 1899, al reclamar de los políticos el abandono de su “egoísmo estrecho de partido y pandilla”; de los aristócratas y capitalistas, “la codicia de los bienes materiales” y del clero, el dejar atrás “aquellas terribles intolerancias (…)”; para establecer, como único camino, el “entrar sinceramente en la corriente de la moderna vida y preparar el porvenir, alistándose resueltamente en la causa de la civilización”. Ese es el reto de la sociedad. Y el nuestro, como docentes. Si nos dejan.
(Diario Córdoba. 17.01.07)

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