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domingo, 1 de junio de 2008

LA ESCALERA DE JACOB (II)

En una colaboración anterior desvelábamos cómo el ser humano ha ido descubriendo los secretos de la vida subiendo por una escalera, la molécula del ADN, en un sueño hecho realidad, como el del famoso personaje bíblico. Pero solo en las últimas décadas ha aprendido a manipular la doble hélice y a elevarse aún más en este interminable ascenso a otro cielo, el del conocimiento. Esta nueva dimensión fue iniciada por Paul Berg en 1972, al construir, con tijeras y pegamento bioquímicos (dos tipos de enzimas), el primer monstruo biológico: una bacteria intestinal con un gen de anfibio, que sería el primer OMG (Organismo Modificado Genéticamente). Había nacido la Biotecnología y tanto la clase científica (conferencia de Asilomar en 1975) como la opinión pública, la contemplaban con cierto recelo. A pesar de ello, la industria farmacéutica comenzaría a producir hormona del crecimiento e insulina humanas usando tanques llenos de amables bacterias transgénicas.

La Ingeniería Genética encontraría en los vegetales los organismos dóciles que estaba buscando, gracias a una conocida bacteria del suelo, transportadora de genes, o al bombardeo de células con microcañonazos de partículas metálicas envueltas en ADN. Y así, en los años 90, los alimentos transgénicos (colza resistente a un herbicida, tomate de larga duración, etc.), comenzaron a invadir los supermercados USA. Sin embargo, su llegada a Europa se vería frenada por un debate sin final entre multinacionales defensoras de estas modificaciones y consumidores, muy sensibilizados aún por el “mal de las vacas locas”. Actualmente hay varios OMGs autorizados en la UE, entre ellos un maíz “Bt”, con un gen bacteriano insecticida. Aunque muchos apuestan por la inocuidad de este tipo de productos, otros, sin embargo, consideran que hemos abierto la caja de Pandora, de la que podrían escaparse males como la dispersión de seres vivos transgénicos por los ecosistemas (una amenaza para la biodiversidad) o problemas de salud derivados del contacto con nuevas sustancias potencialmente alérgenas.

Al contrario, la manipulación genética con fines terapéuticos no ha encontrado tantos detractores, excepto cuando lo que plantea es la modificación de la línea germinal (óvulos, espermatozoides o embriones). Por eso, en septiembre de 1990, Anderson y Blaese recibieron autorización para alterar genéticamente unos pocos glóbulos blancos de una niña de tres años con Deficiencia Inmunológica Combinada Grave (una niña “burbuja”). Es ésta una enfermedad causada por la alteración defectuosa de un gen del cromosoma 20, con instrucciones para fabricar una proteína necesaria en la respuesta inmunológica. Sus células sanguíneas fueron infectadas con un retrovirus armado con la copia buena del gen, se reinyectaron en la niña y obró el milagro de la ciencia: el gen comenzó a trabajar y su sangre se inundó de proteína “defensiva”, a la vez que el mundo atisbaba una nueva forma de encarar este tipo de enfermedades. La Terapia Génica había comenzado y sus próximas batallas experimentales serían el cáncer, la diabetes y las enfermedades neurodegenerativas. Dentro de esta espiral de avances, la prensa publicaba, hace pocos meses, que varios científicos californianos habían implantado en los cerebros de ocho pacientes con Alzheimer, células de la piel modificadas, con el gen de un factor de crecimiento nervioso, frenando, en seis de ellos, el desarrollo de la enfermedad.

El bricolaje bioquímico, junto con un potente software informático, nos ha permitido llegar a la esencia de la vida. A partir de un impresionante arsenal de trozos de ADN, los científicos han podido secuenciar el genoma de varias especies. De esta forma, en febrero de 2001, Craig Venter (presidente de Celera Genomics) y los responsables del Proyecto Genoma Humano (una iniciativa pública), dieron a conocer la secuencia del ADN humano, situando a nuestra especie en el escalón animal que nos corresponde: solo 30.000 genes y un 99% de coincidencias con el ratón. Una cura de humildad que nos invita a transitar sabiamente por la doble hélice y a contemplar la naturaleza de una forma menos altiva.

(Diario Córdoba. 01.03.06)

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